NARRADORAS CENTROAMERICANAS DEL SIGLO XX

En años recientes, la crítica ha prestado una particular atención a la literatura centroamericana en tanto que producción cultural desarrollada en un espacio geopolítico por demás problemático y sobre el cual queda aún mucho por debatir. El signo de dicha producción en el marco de los estudios literarios hispanoamericanos hasta hace algunas décadas había sido la ausencia casi total o apenas la inclusión de ciertos autores canónicos. Como parte de esta efervescencia por analizar y poner en diálogo, entre sí y con otras latitudes, lo que se ha escrito en Centroamérica, figuran propuestas que, con un enfoque feminista o de género, se aproximan a la escritura de las autoras de las últimas décadas, poniendo especial énfasis en las representaciones literarias y testimoniales de las mujeres en contextos de dictadura, violencia, o respecto a los proyectos político nacionales fracasados y su consecuente desencanto. Este enfoque puede ofrecer una visión bastante diversa de la complejidad y heterogeneidad de la literatura centroamericana, sin embargo, también haría falta volver a los textos de las escritoras que de muchas formas marcaron la pauta para una renovación narrativa hacia mediados del siglo XX.

Si nos enfocamos en la narrativa escrita por mujeres en las décadas del 60 y 70, nos encontraremos con textos innovadores, sugerentes, que desde distintos frentes estéticos propusieron obras narrativas complejas, con una diversidad temática sólida y que si acaso fueron sólo reconocidas en su momento en un contexto local. Novelas como Camino al mediodía (1968), Memorias de un hombre palabra (1968) o Los perros no ladraron (1966) de la costarricense Carmen Naranjo (1928), por ejemplo, se encuentran configuradas a través de la fragmentariedad, la dislocación temporal, la pluralidad de voces o la introspección, y nos colocan de frente con la muerte, con la mediocridad producto de la burocracia, o con la propia locura como única salida en un mundo en crisis. Destaca en Naranjo que sus protagonistas son hombres, fracasados o inútiles, inmersos sin remedio en una sociedad que los sofoca, anula o absorbe, y que al mismo tiempo los lleva a un ejercicio arduo y doloroso de introspección. Con un enfoque similar, la narradora y ensayista Gloria Guardia (Panamá, 1940), traza el perfil de un político desesperado, en un punto crítico de su vida y su carrera en El último juego (1977), y con la disputa político económica del Canal de Panamá como telón de fondo.

A diferencia de lo que una facción de la crítica ha tendido a destacar en la producción literaria de las autoras de este periodo, los ejemplos citados se deslindan de una narrativa que explora “temas femeninos” para ofrecer novelas que trazan la complejidad de un contexto y una época a través del humor, lo grotesco o lo fantástico, y desde una conciencia clara de las posibilidades estéticas de la novela contemporánea. Aun en narradoras como Rosario Fiallos Oyanguren (Nicaragua, 1938), mejor conocida como Rosario Aguilar, cuyos textos sí suelen estar protagonizados por mujeres, nos encontramos con un entramado novelístico que guarda ciertas características que lo asumirían como experimental para su época y con una propuesta que se advierte profundamente enraizada en una tradición  que  va  más  allá  del  posicionamiento ideológico respecto al papel de las mujeres en la sociedad. En Primavera sonámbula (1963) o en Quince barrotes de izquierda a derecha (1965), por ejemplo, se configura un yo confesional articulado en la larga tradición de los géneros de rendición de cuentas, es un yo que juega a posicionarse de manera implícita frente a un otro cuestionador que orienta sus discursos, exhortándolo a un ejercicio de autoevaluación que no siempre cede ante las expectativas del otro; además de que se trata de mujeres no circunscritas al espacio doméstico sino a un psiquiátrico y a una cárcel, respectivamente.

El periodo en el que empezaron a publicar estas autoras (décadas del 60 y 70) fue un momento crucial para la narrativa, dado que hubo mayor difusión de sus obras, intercambio de ideas y apertura para la inclusión de las mujeres en el ámbito público-literario, lo cual también implicó nuevas formas de narrar. El interés particular en este periodo reside en que se trata de un corpus poco atendido, constituido por obras sugerentes, con visiones de mundo inquietantes y críticas, y con apuestas estéticas de las que poco se ha hablado. Además de las obras antes mencionadas podría incluso establecerse un diálogo, por ejemplo, con dos novelas de la cubana Nivaria Tejera (1933-), El barranco (1959) y Sonámbulo de sol (1971), o con algunas obras y autoras que podrían pensarse como antecedentes: La ruta de su evasión, premio Centroamericano de novela en Guatemala en 1949, de Yolanda Oreamuno (1916-1956) o con En una silla de ruedas (1917 y 1946, 2da. de.) de Carmen Lyra (1888-1949).

Tomando en cuenta el panorama antes expuesto, se propone un número especial para la revista El Pez y la Flecha, cuya salida sería en mayo de 2027 y la fecha límite de recepción de trabajos tendría como límite el 30 de enero de 2027. El interés particular para este número reside, por una parte, en ofrecer lecturas actuales de obras centroamericanas que han quedado excluidas del canon del siglo XX; por otra, abrir el diálogo entre la producción literaria de las escritoras centroamericanas con sus contextos y con la literatura de otras latitudes, en un afán por visibilizar los vínculos entre las mismas regiones de Centroamérica y de América Latina.

Líneas temáticas:

Diálogos entre narradoras centroamericanas

Cuentos de escritoras centroamericanas S. XX

Relecturas del canon narrativo hispanoamericano y centroamericano

Lecturas críticas de la novela centroamericana escrita por mujeres

 

                        Coordinación del número: Karla Marrufo Huchim (Universidad Modelo, Yucatán)

 

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