
Sección Flecha
Vol. 4, núm. 8, enero-abril 2024
Instituto de Investigaciones Lingüístico-Literarias
Universidad Veracruzana
ISSN: 2954-3843
Bajtín y el poema como objeto de atención sociocrítica1
Bakhtin and the Poem as a Sociocritical Subject
Arturo Casasa
aUniversidad Santiago de Compostela, España, arturo.casas@usc.gal,
0000-0003-0353-8415
Resumen:
La sociocrítica es una corriente desarrollada, en particular, en el ámbito académico francófono, que incorpora parte de las bases teóricas marxistas sobre el análisis literario, en especial en el sentido en el que fueron reformuladas por Lukács y Goldmann y, en otro orden, también por Bajtín y Adorno, con el propósito de desmarcar ese análisis de la simple descripción de contenidos y de una serie de determinismos. Se verá aquí en qué medida la sociocrítica, habitualmente centrada en el estudio de la ficción narrativa, puede ser útil para un análisis del poema atento a lo social como lenguaje, a la interdiscursividad y, en la tradición teórica de Bajtín y Volóshinov, al carácter ideológico y dialógico de todo acto comunicativo.
Palabras clave: Bajtín; dialogismo; poesía; sociocrítica; sociología de la literatura.
Abstract:
Sociocriticism is a trend particularly developed in the academic sphere of the Francophonie. It incorporates some of the Marxist theoretical bases for literary analysis, especially as reformulated by Lukács and Goldmann, and in another direction also by Bakhtin and Adorno, with the aim of avoiding the mere description of contents and a series of different determinisms. Sociocriticism has usually been focused on the study of narrative fiction. This paper, however, will explore the extent to which sociocriticism could be useful in analysing poetry with an approach to the social as language, to interdiscursivity, and, in Bakhtin and Voloshinov’s tradition, to the ideological and dialogical status of every communicative act.
Keywords: Bakhtin; dialogism; poetry; sociocriticism; sociology of literature.
Recibido: 08 de septiembre de 2023 ׀׀ Dictaminado: 02 de octubre de 2023 ׀׀ Aceptado: 23 de noviembre de 2023
1. Preliminar
Desde sus orígenes, los estudios sociológico-literarios han privilegiado la atención a la novela. Con probada frecuencia, las correspondientes aplicaciones críticas se proyectaron sobre poéticas específicas, en particular la de la novela realista. Se fundamentaron así aproximaciones centradas, incluso de modo excluyente, en los contenidos del texto, ligados éstos no pocas veces a una determinada toma de posición autorial, más o menos inscrita en lo que se reconoce como ideología. Esto pese a lo que el propio Engels, como después Lenin, advirtieron a propósito de la obra respectiva de Balzac y Tolstói, autores comprometidos con la realidad y la verdad histórica, pese a su filiación política reaccionaria, ajena a cualquier programa orientado al cambio del orden social. Comparecería en ello algo semejante a los postulados de la sociocrítica sobre el hecho de que los textos literarios, como enunciación social, guardan cierta autonomía respecto de quien los escribió y de su supuesta intención. Dicho de otro modo: la literatura recogería siempre, a veces de forma involuntaria, un cierto rumor social, no siempre audible ni representado en la esfera pública o en un determinado espacio cultural. Es más, la proyección de ese rumor social sobre el discurso narrativo de autores a priori conservadores podría resultar más eficaz, en términos de concienciación y transformación sociopolíticas, que las propias poéticas comprometidas con una específica causa emancipatoria.
Los métodos de fundamentación sociológica aplicados a textos narrativos han acabado, a menudo, por trasladarse de modo mecánico al estudio de la poesía. Ello ha extremado la atención a la realidad social representada en el poema y al registro de sus contenidos sociales como trasunto textual de determinados problemas sociopolíticos. Sobre la base de la habitual ausencia de personajes y voces diferenciadas en el texto poético, esa transferencia operativa aparece reiteradamente asociada a una idea del poema como territorio monológico, en el que, a diferencia de la novela, no se constataría la confrontación e intersección de discursos ni comparecería la heteroglosia propia de aquel rumor social.
2. Adorno, la poesía y los sociologismos
Algo de lo anterior aparece tratado en el célebre “Discurso sobre poesía lírica y sociedad”, que Adorno hizo público inicialmente en 1957. Es un texto que anticipa algunas de las claves que la sociocrítica acabaría haciendo suyas, aunque es raro que este reconocimiento se explicite. Serían claves no tanto teóricas como analíticas, aunque esto último es de máxima relevancia cuando se habla de sociocrítica.
De la conferencia de Adorno (2003, pp. 49-67) destacan tres ideas, que se relacionan directamente con el asunto que aquí importa. La primera incide en el prejuicio de que la sociología no tiene mucho que aportar sobre materia poética. Suele basarse en dos premisas: una, que el poema hablaría siempre de lo individual, a través de un sujeto discursivo no mediado por el orden de lo social; la otra premisa se asienta en la conceptualización abusiva de lo ideológico como falsa conciencia. Frente a ello, Adorno defiende que la grandeza de las mejores obras artísticas –o la del buen poema– radica en que “dejan hablar a lo que la ideología oculta” (p. 68). Fijémonos en que se trata de coordenadas muy atractivas para la sociocrítica, siempre atenta a las tensiones entre lo dado y lo creado en un espacio sociodiscursivo determinado. Pues bien, el texto de Adorno es en realidad una exploración de la mediación de lo social y, a la vez, del lenguaje como dispositivo social en la formulación de la experiencia materializada por el discurso poético, cuestión sobre la que anota que el individuo en sí está “socialmente mediado” (Adorno 2003, p. 56). La segunda idea incorpora una paradoja, con la que se aspira a eludir cualquier atajo sociologista. Defiende que el proceso creador y discursivo del tipo de poema que da cuenta de la relación histórica del sujeto con la objetividad social es más eficaz justamente cuanto menos se tematiza en el texto la relación entre la sociedad y el yo (Adorno, 2003, p. 54).2 Llega así Adorno a un punto próximo a los postulados de la sociología goldmanniana, de la sociocrítica e incluso de la comprensión del dialogismo social en Bajtín, pues interpreta que existen fuerzas objetivas que, de nuevo por mediación de los lenguajes sociales, intervienen artísticamente “a través del individuo y de la espontaneidad de este” (Adorno, 2003, p. 55), a fin de que el sujeto se olvide de sí mismo y reaccione ante los poderosos mecanismos homogeneizadores de una sociedad represora. El intento de esquivar las tentaciones sociologistas al hablar de poesía y sociedad es convergente con la preservación buscada de la autonomía del poema o de todo objeto artístico. Y esto podría ser el fundamento de la decisión sobre el tipo de tradición poética al que referir claves como las señaladas. Acaso para sorpresa de su público inicial, Adorno lo hizo en diálogo con poemas de Goethe, Mörike, Stefan George, y, en segundo plano, también de Baudelaire, García Lorca y Brecht. De lo que se trataría, pues, es de evitar que la labor sociológico-literaria se centre en textos explícitamente sociales y/o políticos, no se diga ya en textos manifiestamente comprometidos, de resistencia o de circunstancia, militantes en alguna forma de realismo social o en una dada Tendenzliteratur.
En toda teorización literaria, para su fortuna epistemológica y sus aplicaciones, resulta decisivo el acierto previo con la tradición textual escogida como correlato para el contraste crítico que la teoría precisa. Al respecto, ha de tenerse en cuenta que Bajtín, pensador decisivo para la sociocrítica (Malcuzynski, 1992, pp. 69-90), eligió a Dostoievski para fundamentar su teoría dialógica de la novela y optó, sobre todo, por Pushkin para asentar fragmentaria y esquemáticamente una teoría –no tan dialógica, aunque algo sí– del poema.3
La tercera idea capital de Adorno (2003) presenta algo consecuente con lo visto. Es el postulado según el cual “la obra lírica es siempre también la expresión subjetiva de un antagonismo social” (p. 57), mas esto no como simple representación –personal– de tensiones y acontecimientos efectivos, incluso históricos, sino como traslación de contradicciones entre un sujeto individual –que hablaría por un sujeto colectivo– y la realidad social en todas sus posibilidades y alternativas; o, de forma equivalente, como transferencia de las propias contradicciones y coerciones de una sociedad dada, aspecto este otra vez de alta importancia para la sociocrítica.4 Por otra parte, donde se habla de transferencia cabría hacerlo, con Bajtín y su círculo, de refracción, con lo que regresaríamos a la mediación del lenguaje –y de la forma o el ritmo– y evitaríamos la trivialización conceptual y crítica promovida por la teoría realista del reflejo.
3. Lugares teóricos de la sociocrítica
La sociocrítica es una disciplina plural que no acepta su catalogación como parte de la sociología de la literatura. Desarrollada desde el decenio de los pasados años 70, en particular en el ámbito académico francófono –Duchet, Angenot, Cros, Zima–, basó su empuje inicial en el trabajo de grupos de investigación radicados en París y en Montpellier. Posteriormente, germinó en Quebec –Gómez-Moriana, Robin, Belleau, Marcotte, Biron, Popovic y el propio Angenot–, con presencia igualmente en Polonia –Malcuzynski, introductora de la perspectiva de género en la sociocrítica–, España –Chicharro Chamorro, Linares Alés, Marín Escudero–, Eslovaquia –Lampis–, Costa Rica –Mora Escalante, Amoretti Hurtado, Chen Sham– y en determinados espacios académicos mexicanos, argentinos y colombianos.5
La sociocrítica incorpora parte de las bases teóricas marxistas sobre análisis literario, en especial tal como fueron reformuladas por Lukács y Goldmann, con el propósito de desmarcarse de la simple descripción de contenidos y de ciertos determinismos –psicologismos, sociologismos, etc.–, ajenos con frecuencia a la observación precisa de algo tan específico como las formas literarias y los textos en sí, razón por la que Malcuzynski (1991) pudo afirmar que los operativos de actuación sociocríticos “consisten en penetrar dentro del artefacto y resaltar el estatuto de lo social en el texto” (p. 21). Las diversas tradiciones sociocríticas fueron incorporando, en diferente grado, marcas del materialismo histórico, del psicoanálisis freudiano o lacaniano –Zima y Cros, en particular–, de la teoría crítica, del análisis crítico del discurso, de la neorretórica y del debate sobre la comprensión de la ideología, terreno en el que el pensamiento de Althusser devino fundamental. La atención a Bajtín suele constituir una constante. En la sociocrítica, persiste, de manera complementaria, una querencia interpretativa de fondo, no siempre declarada como hermenéutica.
En función de lo señalado, y debido asimismo a las mecánicas epistemológicas y académicas, un sector no menor de los presentados como estudios sociocríticos son en la actualidad resultado de combinaciones heurísticas, conceptuales y metodológicas que desvanecen los programas originales de la disciplina, de forma que casi cualquier propuesta de orientación sociológico-literaria puede aparecer catalogada como sociocrítica en publicaciones especializadas.
Centrada asiduamente en el estudio de la ficción narrativa, la sociocrítica podría ser tal vez de utilidad para un análisis de la poesía atenta a lo social como lenguaje, a los sujetos y voces colectivos, a los antagonismos sociales y políticos, a la intertextualidad y a la interdiscursividad. Y, en la línea teórica de Bajtín y Volóshinov, al carácter ideológico y dialógico de todo acto comunicativo. Todo ello incide en conceptos clave de la sociocrítica, como en particular los de autoría y sujeto cultural, inspirado éste por el sujeto transindividual goldmanniano. De hecho, es recurrente la idea de una autoría interpretada como escucha del “rumor social” antes mencionado. También lo es otra pauta común de gran interés: la de la necesidad de fijar la atención teórico-crítica en consideraciones pragmáticas, más en concreto, de índole enunciativa.
Mientras la sociología de la literatura estudia las posiciones y funciones empíricas de los textos y los respectivos agentes en el espacio social, la sociocrítica se inclina hacia el estudio de lo social y sus estructuras en los textos. Algo controvertido: a partir de ahí radica la aceptación o matización de uno de los principios básicos del estructuralismo genético de Goldmann, en concreto, el relativo a la compleja cuestión de la homología entre estructura sociohistórica y estructura del texto, decisiva para calibrar la entidad del sujeto cultural como un todo jerarquizador y regulador –regula, por ejemplo, lo que se puede pensar y/o decir–, lo cual incide en una comprensión no idealista de lo que sea un autor, un poeta. La homología fundamentada por Goldmann se integra en la sociocrítica, en todo caso, a través de un cuestionamiento profundo de la teoría marxista del reflejo –el arte como reflejo de la realidad, de la vida, de la verdad histórica. Desde los presupuestos de la dialéctica negativa de Adorno –tan determinante en ciertos operativos sociocríticos–, la vieja teoría del reflejo encuentra difícil acomodo estético y muy cuestionable estatuto como soporte de la producción artística o literaria.
Llegados aquí, es necesario considerar un punto en el que la sociocrítica matiza el pensamiento de Bajtín, donde éste afirma que el otro –la alteridad– es la condición primera para la emergencia del sujeto que se dice “yo” y establece una identidad individual (Bubnova, 2015, p. 11), la sociocrítica prefiere situar un “nosotros” –identidad colectiva. Esto conduce a Cros (2017), por ejemplo, a postular que el yo deriva siempre del nosotros y que el nosotros es una realidad primera, anterior al yo.
3.1. Programas y límites de la sociocrítica del poema
La sociocrítica, mayoritariamente encaminada al estudio de los textos narrativos, no se desentiende de las aplicaciones al ámbito poético. Autores como Angenot (1989), Biron (1991) o Popovic (1993) se han centrado en el estudio de determinadas poéticas o en la concreción de los postulados sociocríticos sobre poesía. Sin embargo, esa atención es, en general, escasa, discontinua y, a fin de cuentas, insatisfactoria.
En los últimos treinta años, aparecieron contribuciones de interés, como un amplio dossier en Études Françaises (Biron y Popovic, 1991) o el libro de Zima (2002) La Négation esthétique. Biron y Popovic (1991) reconocían, en el lugar citado (p. 8), la escasez de propuestas de base: “la sociocritique s’est à peine préoccupée jusqu’à présent du genre poétique, comme si l’étrangeté langagière dont se réclament à l’accoutumée les poètes ne prêtait le flanc qu’à des analyses externes” p. 8).6 Transcurridos más de treinta años, la situación no ha variado en exceso.
Repasemos en esquema las referencias centrales de Biron (1991) en un texto que bien podría considerarse programático, en tres sentidos, para una sociocrítica de la poesía: porque establece una tradición teórico-crítica específica; porque propone una cartografía posible de disciplinas convergentes; y porque perfila el conjunto de problemas y conceptos ineludibles. Iremos por partes.
Para Biron, trazar las perspectivas teóricas de la sociocrítica de la poesía implica el reconocimiento previo de la existencia de un metaproblema, el de la especificidad ontológica y pragmático-funcional del lenguaje poético en el proceso histórico de la modernidad, con frecuencia asociada al hermetismo del poema y a la falta de necesidad del poeta para la comunidad. En el fondo, se trata de la radical autonomía y de la creciente negatividad de la poesía a partir de la modernidad, cuando el poema ya no quedaría comprometido con la mimesis e incluso negaría el mundo y se negaría a sí mismo como parte de él. El poema preguntaría, pero no respondería ni informaría. Subyace aquí la línea que une a Mallarmé y la poesía pura con el pensamiento sartreano –el poema como algo más próximo a la música o a la pintura que a la prosa ficcional– y con algunas derivaciones posteriores. Biron apunta hacia una especie de resolución posible a ese impasse: propone localizarla en la teoría estética y la dialéctica negativa de Adorno como refutación de la dialéctica positiva hegeliana; también en la rehabilitación benjaminiana del concepto de alegoría.
Recuérdese que para Adorno la realidad y sus contradicciones son irreductibles en su totalidad a la razón –como tampoco el objeto puede ser reducido al sujeto. Estaríamos así a las puertas de una dialéctica dialógica, con el giro de la identidad a la diferencia y a la alteridad y con la atención fijada en el objeto artístico como mediación. Por otra parte, el concepto de alegoría en Benjamin supone igualmente la consideración disruptiva de una realidad otra, fragmentaria, no totalizadora. Constatada la insuficiencia del lenguaje, el tropo contribuiría a la aprehensión de esa realidad espectral, sin renunciar a la multiplicidad de sentidos posibles.
Es importante ver que la línea de pensamiento aludida, a propósito del ángulo Mallarmé-Sartre, se pondría en causa a sí misma al forzar en exceso la sinécdoque de la conversión de una parte de la producción poética en la totalidad. Se trata de un viejo problema de casi toda “teoría del poema”, que casi siempre acaba siéndolo apenas de una clase muy específica de poemas, sin más. En otros términos: ni la sociocrítica ni la sociología de la literatura debieran fijar como objetivo culminante el análisis o interpretación solventes de poemas como “Salut”, de Mallarmé. No hay razón alguna para asumir que se tenga que superar esa prueba. Esto, por supuesto, no equivale a afirmar que el objetivo y el programa correlativo pasen, alternativamente, por el análisis e interpretación de poemas de patente condición social o de evidente compromiso ideológico-partidario. Existe mucha poesía en medio.
Debe insistirse en ello porque uno de los problemas fundamentales de la praxis sociocrítica radica en la no siempre adecuada selección de los textos, autores y poéticas con los que emprender un diálogo crítico. El problema se detecta ya en Bajtín. Respecto a la poesía, el teórico ruso dejó escritas algunas líneas tangenciales, aunque iluminadoras. Lo hizo en el volumen dedicado al estudio de la poética de Dostoievski (Bajtín, 2003, pp. 291-295). En ese lugar, menciona la excepcionalidad de una lírica prosaica –anota obras de Heine, Barbier y Nekrásov–, que ya en el siglo XIX anunciaba la intensa prosificación de la poesía durante el siglo posterior, y que franqueó las puertas para la incorporación de la palabra ajena en el texto poético. El examen de Bajtín es en ese punto tan significativo como exiguo. Y es una lástima porque él mismo refiere la atención crítica a un discurso poético en sentido restringido, que no constituiría el conjunto de toda la poesía posible.7 La pregunta sobre los motivos por los que Bajtín, como Lukács, mostró casi nula atención a la poesía de su propio tiempo histórico, el posterior al surgimiento de las vanguardias históricas, continúa sin respuesta, en especial, por la constatación de que esa poesía progresó sin pausa hacia una discursividad cada vez más heteroglósica y dialógica.8
A propósito de la tradición teórica sociocrítica aplicada a la poesía, vinculada con todo lo indicado, Biron amplió de modo notable la terna de nombres anotados desde los años 80 por Zima –Benjamin, Adorno y, para la época medieval, Köhler. Lo hizo además en dos escalas complementarias: en una, figuran pensadores decisivos para la constitución y activación –incluso de forma reactiva– de esa tradición; en la otra, mucho más reducida, están los autores que pusieron en práctica una sociocrítica de la poesía, en ocasiones sin plena conciencia de estar contribuyendo a esa tarea. Entre los primeros, destacan los mencionados Sartre, Bajtín, Benjamin, Adorno y Dubois, nómina ampliable, para Biron, en diferentes planos, a Barthes, Marcotte, Kristeva, Meschonnic y Mounin. Entre los segundos, se cuentan tan sólo las menciones de Angenot y Popovic. En medio, queda aún aquella cartografía de convergencias de la sociocrítica con disciplinas asociadas a otras epistemologías. Merecen mención, por ejemplo, la sociopoética de Viala, la neorretórica del Groupe μ, la pragmática –al menos, en la línea adoptada por Chambers– o la teoría empírica de la literatura del Gruppe nikol.
4. Bajtín, la voz dual y la cuestión de la poesía
Veremos a continuación algunos complementos, sin perder de vista los operativos de una sociocrítica del poema ni lo indicado por Bajtín en torno a la posibilidad de una poesía prosificada, denominación ésta cuestionable, por gráfica que resulte, una poesía, en todo caso, afín a los que el teórico ruso situó como ejes de la poética narrativa con los que Dostoievski fundó otra forma de narrar: polifonía, heteroglosia, hibridación, dialogismo y autonomía de discursos y voces.
El primero de los comentarios, quizás el fundamental, es el relativo a la existencia de algunas contradicciones (Casas, 2020) entre el modo en el que Bajtín y su círculo establecieron una polarización, en exceso rígida, entre discurso novelesco y discurso poético, este último supuestamente monológico, homoglósico, univocal, autoritario y contrario al “acto ético” –además de radicado en una historicidad social de larga duración, no situada en una temporalidad concreta.9 Las contradicciones se extienden además a la formulación de una teoría general de las enunciaciones lingüística y literaria, que, en alguna medida, cuestionaría la oposición novela/poema. Comparece en juicios como los siguientes, redactados en 1934-1935, en los que Bajtín (2019) demuestra estar pensando sólo en una clase de poesía, situada entre el romanticismo y el cubo-futurismo rusos:
En los géneros poéticos, en sentido estricto, el dialogismo natural de la palabra no se utiliza artísticamente, la palabra se basta a sí misma y no presupone enunciaciones ajenas más allá de sus propios límites. El estilo poético está apartado de cualquier interacción con la palabra ajena. No necesita prestar atención a la palabra ajena. [...]. El mundo de la poesía, cualesquiera que sean las contradicciones y los conflictos sin solución que el poeta pueda descubrir en él, está siempre iluminado por la palabra única e incuestionable. [...] la lengua de los géneros poéticos, donde éstos se aproximan a su límite estilístico, a menudo se convierte en autoritaria, dogmática y conservadora, cerrándose a la influencia de los dialectos sociales extraliterarios (pp. 520-521).
Disuena, con lo esperable en Bajtín (2008), por otra parte, una de las notas introducidas en unos apuntes escritos entre 1959 y 1961, a propósito del problema del texto (pp. 294-323). La nota se refiere al asunto de la voz dual en literatura. En definitiva, a la polaridad entre univocalidad y bivocalidad, que remite a la ausencia o presencia de lo que el autor clasifica como “discurso ajeno” o discurso del otro.10 Lo importante en esta nota de un Bajtín casi septuagenario es que contempla ya la posibilidad de una especie de continuo entre la poesía, incluida la lírica, y la prosa novelesca, un continuo que claramente impugnaría la dicotomía entre discursos monológicos y dialógicos. Dicho de otro modo: Bajtín (2008) cuestionó en ese texto tardío la posibilidad de un enunciado realmente univocal. Y en simultaneidad, postuló que el poema puede constituirse –en relativo pie de igualdad con la novela– en un espacio propicio para las voces y discursos ajenos:
¿En qué medida son posibles en la literatura los enunciados puros, no objetivados, univocales? La palabra en la cual el autor no percibe una voz ajena, en la cual se refleja únicamente el autor y todo el autor, ¿puede funcionar como material de construcción para una obra literaria? [...]. ¿Tal vez cada escritor (incluso un lírico puro) sea siempre “dramaturgo” en el sentido de que cualquier discurso aparece en su obra distribuido entre las voces ajenas, incluyendo ahí la imagen del autor (y otras máscaras de tutor)? Tal vez toda palabra no objetivada y univocal sea ingenua e inservible para la creación verdadera (p. 301).
No es posible entrar ahora en pormenores sobre el alcance teórico de esta reflexión, que, en todo caso, sería necesario contrastar con otros lugares de la obra de Bajtín. Sobre todo, con dos: el primer epígrafe del quinto capítulo de Problemas de la poética de Dostoievski (Bajtín, 2003, pp. 264-298) y el segundo capítulo del ensayo “La palabra en la novela” (Bajtín, 2019, pp. 493-651 y 511-533). Convendría sumar aun el epígrafe de cierre del tercer capítulo de ese último texto (pp. 557-564).11
Del primer segmento, destaca la comprensión del romanticismo, en términos discursivos, como continuidad no cuestionada del clasicismo. Bajtín (2003) sostiene que el romanticismo “se caracteriza por la palabra directa del autor, que se expresa con éxtasis y que no se mediatiza con ninguna refracción del entorno verbal ajeno” (p. 293). Existiría, por tanto, un fuerte vínculo entre la estética romántica y la interdicción del discurso bivocal, la palabra ajena o la heteroglosia. En asociación con ello, se sitúan algunos aspectos de incidencia notable para una sociocrítica de la poesía, como el desplazamiento de las contradicciones sociales y de las hegemonías socio-discursivas a los espacios genotextual y fenotextual, la formación del interdiscurso del sujeto cultural transindividual, la modelación de lo no consciente y su paso al texto, las dialécticas entre lo dado y lo creado y entre lo dicho y lo no dicho –silenciado, oculto– o, en fin, la localización de ideologemas e ideosemas.
El segundo texto anunciado incide en los mismos planos, pero con muy superior atención al discurso poético que en otros lugares de la producción teórico-crítica del autor. Enlazando con los procesos lingüísticos centrípetos en la Europa bajomedieval, Bajtín (2019) reconoce en la poesía europea una potente manifestación de la heteroglosia de la vida verbal-ideológica, si bien sólo en lo que afecta a los géneros poéticos considerados bajos, los situados al margen de –y frente a– la poesía centralizadora de pauta cortesana, a menudo desde la parodia y la mofa. A esto suma que ese tipo de heteroglosia no fue de simple oposición a la lengua literaria centralizadora –culta, oficial, nacional, de clase–, sino que constituyó una contraposición consciente a aquel modelo y actuó como auténtica heteroglosia dialogizada (p. 509).
Pese a ello, Bajtín (2019) no parece localizar una continuación histórica de ese tipo de poesía en la contemporaneidad. En ese tiempo, parecería que todo poema se sometió a la autoridad del poeta, a la centralidad unitaria del autor –“cada palabra debe expresar inmediata y directamente la idea del poeta; no debe haber ninguna distancia entre el poeta y su palabra” (p. 530). De ahí que cuando habla de poesía contemporánea, la del tiempo de Dostoievski o la del suyo propio, los únicos modelos que parece tener en mente son el romántico y el de las vanguardias rusas, poéticas equiparadas por Bajtín en lo relativo a la parca atención a los lenguajes heteroglósicos y a la escasísima interacción con la palabra ajena.12
En cuanto al tercer texto indicado, el interés reside en su máxima incidencia teórica para la comprensión de los motivos por los que Bajtín porfió en su radical contraposición entre novela y poesía, en este caso, con apoyo en la heteroglosia/bivocalidad y su diferente presencia en las dos modalidades señaladas, siempre en detrimento del poema, más limitado como artefacto artístico (Casas, 2020). Y es que el problema central de la poesía no sería otro para Bajtín (2019) que el del símbolo poético, mientras que el problema correlativo de la novela sería la palabra bivocal dialogizada (p. 563).
¿Desde qué clase de ontología puede afirmarse algo de esa naturaleza? La respuesta es sencilla: para Bajtín (2019), la palabra y el discurso poéticos –también el poema como acto de lenguaje– son tropos. Su condición y esencia son tropológicas: “La palabra poética es un tropo que exige que se la sienta claramente en sus dos sentidos” (Bajtín, 2019, p. 560). Esto le sirve para justificar que la bivocalidad poética procede de un lugar muy diferente al de la bivocalidad novelesca. Esta lo hace de una tensión “internamente dialogizada” (Bajtín, 2019, p. 557) entre dos voces, dos visiones del mundo, dos sentidos y dos lenguajes: los correspondientes al personaje, que en cada momento esté expresándose, y los del autor, éstos refractados. Contrariamente, la bivocalidad y la heteroglosia poéticas, reducidas por Bajtín a simple juego de lenguaje (Bajtín, 2019, p. 558), provendrían de la condición tropológica del discurso poético. En definitiva, de los dos sentidos aludidos en la cita que se acaba de incorporar.
5. Confluencias posbajtinianas para una sociocrítica del poema
Según lo demandado por distintos especialistas, en relación con la discontinuidad y la subsidiariedad de sus escritos sobre materia poética, valdría la pena hacer un esfuerzo por rescatar a Bajtín de sus propios prejuicios y contradicciones en ese terreno. Tal rescate, y el alivio posterior de poder leerlo “against his own compulsions”,13 como expresó en su día Hitchcock (Wesling, 2003, p. 148), pasaría de entrada por reiterar las muy limitadas tradiciones poéticas por él consideradas a la hora de concretar su posición. O, inversamente, por recordar las tradiciones poéticas que nunca tuvo en cuenta. Pero el rescate se destinaría, principalmente, a explorar en qué medida una parte de su pensamiento es recuperable para la formulación de una teoría dialógica de la poesía.
Bajo esta perspectiva, el artículo “Dialogism and poetry” (Richter, 1990) constituye, sin duda, un punto de inflexión, por mucho que puedan señalarse otras publicaciones anteriores, que el propio Richter recoge en su trabajo (p. 14), y que la parte esencial del mismo consista en clasificar las principales variantes discursivas de la poesía dialógica no detectadas por Bajtín, entre ellas, las asociadas al cultivo del monólogo dramático por Tennyson, Browning, Pound, Eliot y sus continuadores.
Eskin (2000), por su parte, hizo especial hincapié en la patente contradicción bajtiniana entre la argumentada condición dialógica de toda enunciación y la firme, aunque ambigua, alegación sostenida sobre el carácter monológico de la enunciación poética. Sugiere así (Eskin, 2000, p. 383) una comprensión translingüística de esa diferencia, a fin de entender los discursos novelesco y poético como los límites superior e inferior de la dialogicidad natural del lenguaje –cabría decir también que de la heterogeneidad inherente al discurso literario–, la cual se manifestaría simplemente como variable gradual.
Valiosas son, asimismo, las lecturas críticas, debidas a Wesling (1992, 2003 y 2016), Bubnova (1997-1998), Scanlon (2007) y Scanlon y Engbers (2014), a su aplicabilidad inmediata al debate sobre la proyección semiótico-pragmática y sociocrítica del pensamiento de Bajtín en torno a la enunciación poética. Y, en el caso concreto de Bubnova, para entender además lo que el teórico pensó como una arquitectónica de lo lírico, con dimensiones relacionales en el eje tú-yo-nosotros, pero sobre todo con implicaciones intersubjetivas y pragmáticas. Muy en particular si la atención se concediera al tipo de producción catalogable como poesía para lo político, textos en los que los antagonismos sociales abren espacio a una presencia de la alteridad no sólo como sector de oposición teórica –ontológica, antropológica– a la identidad, sino justamente como comparecencia de voces y discursos en conflicto –ético, social, político, ideológico– en el escenario textual del poema o en el del libro en el que aquel se integra.
Con todo, el mayor interés de publicaciones como las señaladas se orienta hacia una lectura sociológica y pragmático-enunciativa amplia de la teoría bajtiniana del poema o, en un plano más abierto, hacia la formulación de una epistemología crítica del dialogismo poético, algunos de cuyos referentes básicos –conceptos y autores– aparecen bien descritos por Scanlon y Engbers (2014, pp. 3-8) y Wesling (2003, pp. 148-149). Uno de los logros principales de estos volúmenes radica en su importante dimensión crítico-analítica, aprovechable para cualquier prospectiva sociocrítica de la poesía. Se manifiesta, por ejemplo, en Wesling (2003, pp. 61-76), Scanlon y Engebers (2014, pp. 20-38) o Scanlon (2007, pp. 10-18), en este último caso sobre el poema plurivocálico de Robert Hayden “Night, Death, Mississippi”, que en sus treinta versos incorpora hasta cinco voces poéticas diferentes, alrededor de un linchamiento.
Según lo indicado al inicio, una de las prioridades que aquí se asumieron fue la de proceder a una exploración de alternativas teórico-críticas habilitadas para mitigar un déficit evidente: el de la efectividad de las aplicaciones sociológicas y sociocríticas centradas en la poesía. Se ha presentado una cartografía de problemas y debates, en buena medida iluminada por el aparato teórico debido al Círculo Bajtín, destinada a mostrar encrucijadas y opciones en unas coordenadas epistemológicas, las actuales, bastante más complejas que las existentes hace medio siglo, cuando la sociocrítica comenzaba su despegue académico internacional. Las posibilidades siguen siendo amplias y estimulantes, tanto como las tareas metodológicas y analíticas por deslindar.
Referencias
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1 Artículo vinculado con el proyecto de investigación Poesía actual y política (ii): Conflictos sociales y dialogismos poéticos (pid2019-105709rb-I00), financiado por el Gobierno de España. Traduce y abrevia una publicación previa en lengua portuguesa (Casas, 2021, pp. 57-83): “Bakhtin e a sociocrítica da poesía: estimação de métodos e resultados”.
2 Adviértase que la traducción al castellano es equívoca en este punto concreto.
3 El poema más veces tratado por el teórico ruso es “Razluka” (“Separación”), escrito por Pushkin en 1830 (Bajtin, 1997, pp. 71-81 y 82-105).
4 Para Cros (2017), por ejemplo, cualquier sistema social es un espacio de contradicciones ideológicas en permanente tensión, originadas por las que estudia como microsemióticas intratextuales, activas entre genotexto y fenotexto.
5 Han desarrollado panorámicas precisas sobre la sociocrítica, entre otros, Malcuzynski (1991, pp. 11-27; 1992, pp. 45-68), Amoretti Hurtado (2003), Cros (2009), Popovic (2011) y Chicharro Chamorro (2012).
6 “Hasta ahora, la sociocrítica apenas se ha preocupado por el género poético, como si la singularidad lingüística que los poetas suelen exigir diera pie nada más que a análisis externos”. La traducción es nuestra.
7 Bajtín escribió sobre poesía y dialogismo, teniendo presente, en especial, el poema ya mencionado de Pushkin, “Separación”, en el que comparece un breve discurso referido, enmarcado dentro del discurso del primer sujeto poético. Al comienzo del poema, se detectan además otros procedimientos aprovechables para una interpretación dialógica y bivocal, no monológica, del poema. El problema es que Pushkin no es el Dostoievski de la poesía, como tampoco lo fueron Heine o Nekrásov.
8 Wesling (2003, pp. 102-105) menciona como ejemplo posible la obra de Tsvetáyeva; y en concreto, la serie “Hilos telegráficos”.
9 Resultan ilustrativas estas palabras: “Evidentemente, también la palabra poética es social, pero las formas poéticas reflejan procesos sociales de más duración, por así decirlo, reflejan ‘tendencias seculares’ de la vida social” (Bajtín, 2019, p. 533).
10 Esto conecta con la dialéctica entre lo dado y lo creado, según reconoce de manera explícita Bajtín (2008, p. 312).
11 Contrástese todo ello con Volóshinov (2009, pp. 173-253). Igualmente, con otros dos segmentos de obras ya mencionadas: el epígrafe “El héroe lírico y el autor” (Bajtín, 2008, pp. 147-152), con anotaciones sobre el criterio autoridad/autoritarismo del autor lírico, y la parte final de “Hacia una filosofía del acto ético” (Bajtin, 1997, pp. 71-81), donde se presentan algunas bases teórico-críticas de la arquitectónica del poema por aplicación directa al poema “Razluka” de Pushkin.
12 Recuérdese en este punto que en un ensayo fundamental, inspirado por los razonamientos bajtinianos, centrado en el concepto de dialogismo, Hirschkop (1989) llegó a establecer un paralelismo entre poesía y burguesía como fuerzas represivas, respectivamente, del dialogismo –textual y social– y del desarrollo sociopolítico orientado a una sociedad más igualitaria.
13 “contra sus propias obsesiones.” La traducción es nuestra.