DOI: 10.25009/pyfril.v4i9.152

Sección Flecha

Vol. 4, núm. 9, mayo-agosto 2024

Instituto de Investigaciones Lingüístico-Literarias

Universidad Veracruzana

ISSN: 2954-3843

Dos tonos de negro. José Revueltas y Juan García Ponce en sus novelas Los días terrenales y La presencia lejana

Two Shades of Black: José Revueltas and Juan García Ponce in their Novels Los días terrenales and La presencia lejana

Eric Miguel Ávila Ponce de Leóna

aUniversidad Nacional Autónoma de México, México, avila.poncedeleon@gmail.com, 0000-0002-2501-2951

Resumen:

José Revueltas (1914-1976) y Juan García Ponce (1932-2003) son dos de los escritores más importantes de la literatura mexicana del siglo XX. Sus personalidades y sus obras no pueden ser más antitéticas. Mientras que la literatura de Revueltas nunca abandonó sus preocupaciones políticas de izquierda marxista, razón que le mereció la marginación dentro del panorama cultural de su época, García Ponce fue un promotor líder en la suya de una creación artística que trascendiera cualquier tipo de contenido social. Sin embargo, a pesar de esta diferencia, las obras de ambos escritores tienen en común un subtexto de planteamiento ético, que comparte el mismo fin de radicalidad anti-estatus quo y la manera netamente sexual mediante la cual encuentran su mejor consumación. Este artículo explora, vis a vis, la creación de las éticas disidentes de Revueltas y de García Ponce en sus novelas Los días terrenales y La presencia lejana.

Palabras clave: José Revueltas; Juan García Ponce; literatura mexicana; ética; sexualidad.

Abstract:

José Revueltas (1914-1976) and Juan García Ponce (1932-2003) are two of the most important writers in Mexican literature of the 20th century. Their personalities and their works could not be more antithetical. While Revueltas’ literature never abandoned his political concerns of the Marxist left, which is why he was marginalized within the cultural scene of his time, García Ponce was a leading promoter of artistic creation that transcended any kind of social content. However, despite this difference, the works of both writers have in common a subtext of an ethical approach that shares the same goal of anti-status quo radicalism and the purely sexual way in which they find their best consummation. This article explores, face to face, the creation of the dissident ethics of Revueltas and García Ponce in their novels Los días terrenales and La presencia lejana.

Keywords: José Revueltas; Juan García Ponce; mexican literature; ethics; sexuality.

Recibido: 25 de junio de 2023      ׀׀      Dictaminado: 03 de marzo de 2024      ׀׀      Aceptado: 10 de marzo de 2024

Dentro de la literatura mexicana del siglo XX, las personalidades y las obras de José Revueltas y de Juan García Ponce no pueden ser más antitéticas. Sin embargo, al mismo tiempo, en muchas ocasiones puede decirse que, escritores tan extremos, como lo son el duranguense y el yucateco, respectivamente, se tocan. Por ejemplo, tras la Segunda Guerra Mundial, el “ansia de cosmopolitismo” (Negrín, 2014, p. 101) por el que pasa la vida nacional en su incorporación al sistema capitalista occidental lleva a que, en el plano de la “ficción literaria”, la idea de que ésta deba ser “autónoma y por completo emancipada del mundo” (Negrín, 2014, p. 101) rija el panorama estético. Consecuentemente, esta concepción de ficción literaria, con sabor, empero, a “mexicanidad”, como lo vemos en las obras de escritores importantes como Agustín Yáñez, Juan Rulfo y Carlos Fuentes, atrae, como señala Felipe Mejía (2007), “la atención de la crítica, al comportar el interés fundamental del gobierno posrevolucionario en su literatura: modernización” (p. 6). En este sentido, la “aguda crítica social” entrañada por las “intenciones ideológicas” de Revueltas provocó que su obra no tuviera “eco dentro de su parámetro temporal” (p. 6). En pleno apogeo del capitalismo de la posguerra, no otro destino se esperaba para un escritor insistentemente marxista, encarcelado en varias ocasiones a lo largo de su vida –la última vez fue después de la matanza estudiantil de Tlatelolco, tras ser acusado de fungir como uno de los líderes intelectuales más importantes del movimiento estudiantil. Por su lado, García Ponce formó parte de los círculos y cúpulas del poder literario, cuando el capitalismo mexicano se encontraba en su apogeo, a tal grado que, por ejemplo, siempre se le acusó de formar parte de “La Mafia” –el grupo cultural dominante liderado por Carlos Fuentes y Fernando Benítez– y La cultura en México, suplemento cultural de la revista Siempre!

Sin embargo, si revisamos su obra ensayística, el marxista de Revueltas (2020) tiene un ensayo titulado “Libertad del arte y estética mediatizada”. Este texto, de 1964, concluye de la siguiente manera: “Critiquen la realidad los artistas al modo en que se lo dicten su temperamento, su estilo, la escuela a que pertenezca o las tendencias sociales o estéticas que sustenten. Pero ante todo tenemos que colocar a la estética en el sitio que le corresponde como libertad” (p. 191). En realidad, el izquierdismo de Revueltas siempre estuvo dirigido hacia una concepción y praxis de democracia auténtica. En esta cita en particular, podemos ver cómo la “premisa burguesa” (p. 3), al decir de Mejía (2007), del “arte por el arte” puede ser expresada con profundo y verdadero sentido libertario.

Por su parte, García Ponce (1988), en el ensayo que considero de los más definitivos sobre sus ideas de arte, estética y literatura, “Literatura y pornografía”, sostiene una idea sobre la literatura –aunque la idea fácilmente puede extenderse al arte y a la estética, en general–:

tendría que usar el carácter transgresor de la pornografía para que, a través de la pornografía, se ataquen las nociones de la cultura y se afirme la vida del cuerpo. Así se crearán las imágenes en las que el hombre puede encontrar la verdad de esa vida de la que ya no es el centro, pero de la que es gloriosamente parte (p. 113).

Esta conclusión no es fortuita. Se trata de la culminación de un activismo metafísico bastante empedernido, que los críticos del escritor yucateco nunca han querido o sabido aprehender en la magnitud puramente pornográfica que entraña...

Así pues, mi premisa principal para este texto es que, poniendo a Revueltas y a García Ponce, vis a vis, podemos observar que, por un lado, algunos académicos, como Christopher Domínguez Michael, han insistido, como ha mencionado José Manuel Mateo (2018), “en declarar extinto el comunismo y su doctrina, así como reiterar la extenuación de la obra revueltiana” (p. 128), cuando en realidad la obra revueltiana funda una moral social e individual realistamente humana y dialécticamente libertaria, como nunca antes vista. Más bien, este tipo de críticas, como la que ejemplifica Domínguez Michael, forman parte de la “nueva dogmática” (p. 128), con la que Mateo se refiere a los discursos de la “hegemonía” neoliberal, que se instaló globalmente desde la década de los ochenta. Por otro lado, los críticos de García Ponce (1989), ante, por ejemplo, Inmaculada o los placeres de la inocencia, la penúltima novela, a todas luces pornográfica, del escritor yucateco, se han apresurado a asentar que la obra no es pornográfica, sino “erotismo de excelente factura”, al decir de Ignacio Trejo Fuentes (Pereira, 1994, p. 215), o que su obra, en general, debe evitar verse como pornografía, porque se le “reduce a una lectura unidimensional” o a un mero objeto de consumo, como es la pornografía, sin un “más allá” (Rodríguez-Hernández, 2007, p. 142). Ninguno de estos críticos se ha dado cuenta que la escalada pornográfica que muestra la obra de García Ponce durante la década de los ochenta coincide con el apogeo de los activismos feministas en ese mismo tiempo, dado los efectos de hiper-patriarcalización de la sociedad civil y de las relaciones entre hombres y mujeres, en general, que trajo consigo el neoliberalismo. No en vano varios grupos feministas redoblaron sus esfuerzos contra la violencia doméstica (Bullimer, 2008), denunciaron legalmente a la pornografía, como las abogadas Catherine MacKinnon y Andrea Dworkin, ya no bajo protesta de cargos de obscenidad, como había sido la costumbre desde el siglo XIX, sino como productos que atentan contra los derechos civiles de las mujeres (Mikkola, 2019). Y en lo más macabro de las instancias, empezaron a relacionar los feminicidios –de los que el caso de las muertas de Ciudad Juárez es el más resonado– justamente con el “terrible orden contemporáneo postmoderno, neoliberal, postestatal, postdemocrático” (Segato, 2016, p. 48).

Bien podría sugerirse que la derrota cultural de escritores y pensadores, precisamente como Revueltas, tan calculada en la transición del capitalismo clásico de la posguerra al neoliberalismo contemporáneo, ha tenido sus consecuencias en la sociedad occidental, de la que el escritor duranguense estuvo tan preocupado, sobre todo en los últimos años de su vida. Por otro lado, a pesar de que la pornografía literaria de la última etapa creadora de García Ponce refleja el temperamento neo-machista de la primera década neoliberal, tampoco puede argumentarse que comparte sus fines misóginos. Su pornografía literaria posee, en efecto, un “más allá”, al decir de Rodríguez-Hernández (2007).

Este ensayo trae a colación, analiza y compara los conceptos base en los cuales Revueltas y García Ponce colocan la primera piedra de lo que serán sus respectivas cosmovisiones éticas y estéticas, tanto de su obra como de los modelos de comportamientos que los seres humanos deben llevar a cabo en la sociedad. Los textos que entrañan estos primeros conceptos, de fundamental importancia para ambos escritores mexicanos, de los que trata este ensayo, son las novelas Los días terrenales (1949) y La presencia lejana (1968).

Tanto Revueltas como García Ponce inician sus novelas con las conceptualizaciones más importantes que guiarán la forma y los fondos de sus textos. “En el principio había sido el Caos, mas de pronto aquel lacerante sortilegio se disipó y la vida se hizo. La atroz vida humana”, empieza Los días terrenales. Y unas líneas después, remata:

Gregorio entrecerró los ojos pero ya no pudo experimentar nuevamente aquella otra sensación del principio, en el tiempo del Caos, cuando se recostara en el tronco de la ceiba desde la cual intentaba comprender cuanto ocurría [...]. Noche, tinieblas, rotundo vacío. Todo igual. Lo negro y lo impermeable, sí pero distinto sin aquella ansiedad de hacía unos minutos puesto que esa negación del color, esa insólita ausencia de cosas vivas, de la noche, de pronto se había vuelto humana, de pronto abrigaba cosas monstruosamente humanas que habían roto para siempre la presencia de algo sin nombre, profundo, esencial y grave que estuvo a punto de aprehender y que hoy escapaba sin remedio (Revueltas, 1991, p. 8).

La presencia lejana empieza de la siguiente manera:

No se trata de eso, pensó Roberto. Pero era difícil ir más allá. El pensamiento no se presentaba en palabras que pudieran tomarse como punto de partida para desarrollar una secuencia lógica y llegar a un final, sino más bien como una oscura ausencia, un vacío puro, sin contornos, que se extendía sin límites, alejándolo de sí mismo y rodeándolo de silencio. En el interior del estudio, una luz tenue, imprecisa, que parece salir de la nada, en perfecto equilibrio entre el día y la noche, crea su propio espacio y convierte todos los volúmenes en graves perfiles sumergidos en su peso (García Ponce, 2004, p. 83).

De entrada, se advierte la diferencia idiosincrática entre ambos escritores mexicanos. Como pensador materialista-dialéctico, a Revueltas (2020) le interesa disertar sobre la humanidad. En lo que se refiere al método materialista-dialéctico seguido por Revueltas, definido no como “una abstracción, sino una forma concreta de ser la realidad en el tiempo y en el espacio” (p. 40), el escritor duranguense utiliza a la ceiba, árbol característico del sureste mexicano –además de poseer un profundo simbolismo cósmico en varias civilizaciones mesoamericanas–, para poner en práctica la significación del principio consabido, es decir, para que los múltiples sentidos simbólicos de la ceiba adquieran un peso materialista-dialéctico. Revueltas también habla de una condición cósmica previaal ser humano, con baseen la presencia misma del ser humano; y también, viceversa, abre la posibilidad de preguntar qué tipo de humanidad podría plantearse a pulso del “Caos”, concepto con el que se refiere a la condición cósmica consabida. Cabe recordar que el marxismo condena cualquier tipo de idealismo filosófico. Sin embargo, con este párrafo Revueltas aplica una de las “premisas” principales básicas de su método para crear un estadio nuevo de pensamiento y de experiencia: si bien para el escritor duranguense “el devenir constante [del mundo exterior] se caracteriza por su modo específico de operar, a base de la lucha de contrarios, su interpenetración y equilibrio inestable y la ruptura violenta de ese equilibrio”, con el fin de que se logre “la transformación dialéctica de la materia que se expresa en el cambio de la cantidad a calidad” (Revueltas, 2020, p. 39), la tensión entre el “Caos” y lo humano fundaría una estadio de ser inédito –como veremos más adelante. Por su lado, el párrafo introductorio de la novela de García Ponce inicia con Roberto en su estudio de artista. Igual que Gregorio, Roberto se encuentra pensando en “la presencia de algo sin nombre, profundo, esencial y grave”, definida como una especie de “ausencia”, contrario al pensamiento lógico, por lo que es irracional y que, en todo caso, sólo podría ser referido mediante los objetos físicos dentro de su estudio, que García Ponce menciona, sumergiéndolos dentro de su peso material mismo. Más adelante regreso a esto del peso y los objetos. Mientras tanto, es importante notar que, aislado de todo, en su estudio de arte, a diferencia de Gregorio que se encuentra realizando actividad política en un pueblo de Veracruz, a Roberto le interesa pensar solamente en términos abstractos, “emancipados del mundo” y siguiendo los principios del “arte por el arte”. De aquí que sea, incluso, un pintor con estética, precisamente, abstraccionista.

Gregorio y Roberto son, pues, protagonistas con trasfondos opuestos a más no poder. Sin embargo, al mismo tiempo, ambos protagonistas comparten un rasgo esencial: su disidencia radical dentro de sus respectivos gremios y hábitats culturales naturales. Poco después de su publicación, en 1949, Los días terrenales provoca, en las palabras del propio Revueltas (2020), “la violenta presión de una crítica plagada de deformaciones, de equívocos deliberados y de rabiosos ataques, provenientes todos ellos de la izquierda” (p. 132). Según la historiografía de la polémica, el artículo más feroz fue “Sobre una literatura de extravío”, de Enrique Ramírez y Ramírez. Las protestas principales de este crítico contra la novela son que “desborda los límites que a la expresión ideológica señala, por su contextura misma, toda obra literaria”, por lo que “casi no es una novela, sino un panfleto” (Revueltas, 1991, p. 338). Más aún, Ramírez y Ramírez señala: “Es imposible leer Los días terrenales sin recordar de inmediato esa pseudofilosofía y semiliteratura que los pedantes llaman hoy ‘filosofía existencial’” (Revueltas, 1991, p. 341). Finalmente, subraya que la novela “Profetiza una nueva revolución más allá de la revolución comunista. Califica a las masas que vivirán bajo ese régimen, de ‘idiotamente felices’” (Revueltas, 1991, p. 346). Este tercer punto es, quizás, el más grave. Revueltas critica la sociedad que resultaría de la revolución comunista, no tanto por sus principios ideológicos como tales, de los que el escritor duranguense está de acuerdo, sino porque le falta considerar que el ser humano es psicológicamente complejo y netamente contradictorio, por lo que la felicidad del pueblo tras su victoria política y económica es una falacia dañina para ese mismo pueblo y esa misma humanidad. Para Revueltas (2020), el opio del pueblo es la felicidad absoluta de la comunidad humana que promueve la izquierda. La negación de enfrentarse, críticamente, al hecho de que el “bien y el mal pueden alternarse entretejiendo la vida de un hombre, y más frecuentemente convivir en él”, a tal grado de que se “puede desear el bien y hacer el mal” (p. 31), lo lleva a concluir en su novela:

Las grandes masas idiotamente felices, ebrias de la dicha conquistada, ajusticiarían a los filósofos, a los poetas, a los artistas, para que de una vez las dejaran en paz, tranquilas, prósperas, entregadas al deporte o algún otro tóxico análogo. Se cerraría así el ciclo de la historia para recomenzar una fantástica prehistoria de mamuts técnicos y brontosauros civilizados (Revueltas, 1991, p. 147).

En lugar de negar que los seres humanos son extremadamente complejos, esta complejidad debe ser asumida dentro de los principios morales generales de la izquierda, así como dentro del método materialista-dialéctico. Ignorar la natural complejidad de cada individuo, en aras de un espíritu positivo basado únicamente en el triunfo social y político, produciría una felicidad impostora, inclusive sociópata, y una humanidad altamente civilizada, en términos de ciencia y tecnología, pero prehistórica como humanidad misma que niega su naturaleza compleja, tal como lo da a entender Revueltas, haciendo uso metafórico de dinosaurios y mamíferos extintos. Este es quizás el mensaje más importante en Los días terrenales. El acrítico sesgo dogmático comunista de la época falla en entender que Revueltas entrega una novela que refleja una filosofía basada en su aplicación autónoma, mas no errónea, del materialismo dialéctico marxista. Sus fines son la crítica saludable de la sociedad mexicana de su época, desde las clases marginadas hasta las burguesas, como también la propuesta de un sentido de ser comunista basado en la sui generis heterodoxia de la experiencia humana, acompañada de una dimensión moral y cósmica que se le asemeje. De igual manera, es importante destacar que el resultado de sus reflexiones y de sus exposiciones “panfletarias” en la novela, que en realidad obedecen a un esfuerzo filosófico y teórico de enorme originalidad, lograron frases y párrafos enteros bastante artísticos.

Por su parte, la disidencia de García Ponce se da en el seno del establishment cultural, en cuyo seno, empero, el escritor yucateco se encuentra muy cómodamente. A finales de la década de los sesenta, el crítico e intelectual uruguayo Ángel Rama escribe uno de los primeros artículos completos sobre lo que va de la obra de García Ponce. Sin embargo, el crítico uruguayo comete el error de reducir su obra al “deseo de provocar y aun desconcertar a los buenos burgueses y una necesidad exhibicionista, dramática, dolorosa, de situarse en la violación de las grandes normas morales” (Pereira, 1997, p. 58). A las transgresiones morales de los personajes del escritor yucateco, les adjudica únicamente un sentido de “irresponsabilidad” (p. 58), en lugar de aprehender que tales crisis auto-destructivas obedecen a razones de mayor calibre. Por eso, en su bastante denso ensayo en torno a esta misma primera etapa de la obra de García Ponce, Huberto Batis rectifica la “posición” tomada por García Ponce:

de ninguna manera puede ser vista como irresponsable, tal como lo ha sugerido el crítico uruguayo Ángel Rama al hablar de los personajes de las obras de García Ponce [...], simples provocadores de los buenos burgueses; sino precisamente como una postura antisocial fundada en un nuevo orden moral, que “no consiste –ha dicho– en reflejar acciones de acuerdo con un sistema de valores establecidos, sino en buscar el posible profundo sentido moral de esas acciones y a través de ella”, orden cerrado en sí mismo con una nueva y rígida ética que bordea experiencias límite afirmando nuevos valores en contra de la falsedad de los vigentes en una sociedad desgarrada (Pereira, 1997, p. 66).

Más adelante regreso a este “nuevo orden moral”. Mientras tanto, quiero destacar que el problema con la malinterpretación de Rama no fue culpa suya, sino de García Ponce. A primera vista la temática de sus novelas sí son de enredos amorosos y desamorosos, incluso bastante comerciales. Los finales inconclusos, de suicidios o de insatisfacciones generales con la vida, en efecto, sólo abonan a la conclusión de tratarse de personajes pseudo-burgueses, ensimismados hasta su propio extremo: el hartazgo. Más aún, el estilo prosístico, como menciona John S. Brushwood, muestra “un lenguaje extremadamente sencillo –tan sencillo que si los actos de los personajes le correspondieran en sencillez, Figura de paja sería una de las novelas más banales de toda la literatura” (Pereira, 1997, p. 149). Sin embargo, con La presencia lejana esto cambia, prosísticamente hablando, de manera tajante y definitiva, para el resto de la carrera literaria del escritor yucateco. En una entrevista de 1974, Jorge Ruffinelli, notando esto, le comenta a García Ponce: “en La presencia lejana, se opera también un cambio radical en el estilo. Empiezas a ‘torcerle el cuello’ a la sintaxis y a elaborar una escritura de frases largas, envolventes, a menudo oscuras” (p. 27). A continuación, explico a qué se debe este repentino “cambio radical”.

Si bien, como declara Revueltas (2020) sobre sí mismo, “uso, para el conocimiento y estudio de la vida, un método dialéctico de origen marxista” (p. 31), la “dialéctica materia-espíritu”, al decir de Rosado, que García Ponce usa, de igual manera para el conocimiento y el estudio de la vida, es de origen musilista, es decir, relativo a la obra de Robert Musil. De sus numerosos ensayos sobre la obra del escritor austriaco, “Una visión del alma” es quizá donde el escritor yucateco mejor explica tanto las motivaciones y los fines místicos de tal método como el porqué de su nueva escritura larga, envolvente y oscura, al decir de Ruffinelli, que se observa en La presencia lejana:

Musil logra hacer visible un ambiente, una realidad, extraordinariamente tensa en la unión-separación no sólo de la conciencia –el alma– de los dos protagonistas de la escena, sino también de esa doble conciencia –doble alma– en relación con la realidad exterior del mundo, con el peso intangible del espacio, con el volumen material de cada uno de los objetos dentro de ese espacio, hasta el grado de que, tal como lo quería Novalis, el mundo se nos muestra de inmediato como “un animal vivo”, sólo que ese animal es ajeno por completo a la conciencia –el alma– de los protagonistas que, al experimentarlo de tal modo, también sienten hasta qué extremo la realidad material de su cuerpo los hace igualmente ajenos uno al otro a pesar de que sus conciencias –sus almas– los unen más allá de esa separación a través del amor mutuo que se tienen (García Ponce, 1982, p. 503).

Por eso, García Ponce remata el inicio de su novela –citado anteriormente– con la alusión del peso físico de los objetos de su estudio. La prosa literaria musilista busca, continuamente, relacionar el cuerpo y la conciencia-alma de los protagonistas con la realidad material del mundo. Sin embargo, para que se sienta la tensión dialéctica materia-espíritu los personajes de sus obras perciben cómo su calidad de sujetos vivientes y pensantes, no se parece en nada al mundo, que únicamente es con base en todo el peso de su fisicidad, por lo que la prosa crea una ambientación de indiferencia, de rechazo e incluso de hostilidad por parte de la realidad física hacia los personajes humanos. Así pues, sólo siendo un par de objetos más en el mundo podrían aspirar a la homogeneización física entre los dos, que el método dialéctico materia-espíritu musilista pretende. Ahora bien, nuestro cuerpo es el objeto por excelencia que poseemos como parte naturalmente física y material del mundo. Y las relaciones sexuales que los seres humanos llevamos a cabo son, en la opinión de Musil, la actividad, también por excelencia, mediante la cual nos podemos reducir a ser únicamente nuestros cuerpos. Consecuentemente, si uno únicamente se dedica a tener relaciones sexuales, uno sería uno, perennemente, con el mundo físico, esto es, una cáscara de nuez, lo que “descubre” el método dialéctico materia-espíritu de Musil –de la misma manera, paralela, claro está, que Marx “descubre” las tensiones materiales en la historia y el dominio de una clase de seres humanos sobre otra. Sin embargo, el fin último del método musilista no es tener relaciones sexuales sin límites para constantemente ser “uno” con la fisicidad del mundo. Este libertinaje exigido tiene un twist amoroso. La homogeneización física de nuestros cuerpos con la materialidad del mundo, vía una vida enfocada a ser sexualmente activa, funge como la macro-estructura física, a través de la cual el cuerpo permanece en el mundo y el alma se libera hacia el exterior. Para Musil, y ésta es la tesis principal del ensayo consabido de García Ponce, esta liberación del alma hacia el exterior se trata del equivalente ateo, de cuando en el misticismo cristiano el alma se funde con Dios. Sólo que para que funcione este sistema místico musilista en una pareja terrenal, es decir, entre un hombre y una mujer –no entre un santo y “Dios”– se requiere que uno de ellos se entregue sexualmente a otra persona. Esto sucede al final de “La realización del amor” de Musil. La protagonista Claudine, al abandonarse sexualmente al desconocido que se quiere acostar con ella, es sólo su cuerpo. Y con base en este hecho, su alma se libera y se funde en el Mundo, que es su Amor místico por su esposo. De tal manera, el Amor es “Dios”.

Así pues, dentro de la lógica dialéctica materia-espíritu de Musil, la infidelidad al amado o a la amada, de uno o una, es, en realidad, una fidelidad superior, dado que se consuma su Amor mediante el adulterio sexual. Así pues –y recapitulando–, la “ausencia cercana”, mencionada al principio, es un concepto fenoménico, cuya función es hacer sentir una falta de equilibrio físico con el mundo a nuestro derredor. Se trata de un vacío perceptual que la realidad física proyecta sobre nosotros, con base en el lleno ontológico que ella representa. Esta dialéctica encuentra expresión lingüística y prosística en la descripción de las tensiones y presiones entre la conciencia –el alma– y la realidad física, ésta última tentándola a pulso de la especie de resaca ontológica que le genera, reafirmándole su condición de inexistencia, que asimila con un azoro, sin forma ni fondo, que no sea el mismo deseo de homogeneización con el mundo. Ahora bien, este esquema puramente fenomenológico, puesto en la mesa por la dialéctica musilista, necesita de un modelo de comportamiento en el plano psicológico y social para que se lleve a cabo en el mundo real. Aquí es donde se realiza el choque entre la moral convencional y el “nuevo orden moral” que la dialéctica musilista fundaría. En la novela de García Ponce, esto lo podemos ver en el siguiente diálogo entre los protagonistas Regina y Roberto:

–¿Te consideras una persona moral?
–Supongo que sí –dijo Roberto [...]. Todos tenemos más o menos una moral.
–Pero, ¿sabes qué es lo que determina la tuya? [...]. Yo creo que no tengo ninguna moral verdadera. [...]. Más bien me dejo llevar y he convertido en regla una decisión que no sé por qué tomé.
–¿Qué decisión? –preguntó Roberto.
–Casarme […]. Yo misma lo decidí. Pero ¿por qué ha de ser esa regla para mí? ¿Por qué todos necesitamos alguna y ésa es la que yo tengo? [...].
–Quizás no está mal. Así las cosas resultan más fáciles.
–Pero yo no quiero que las cosas sean fáciles, quiero que sean verdaderas [...].
–Hay que buscar otra cosa entonces [...]. Una moral de la realización quizás.
–¿Cuál sería? [...].
–Convertir en bueno lo que te hace ser (García Ponce, 2004, pp. 134-135).

Aquí vemos claramente cómo García Ponce no busca sólo escandalizar a los “buenos burgueses”. Plantea la creación de un modus vivendi totalmente nuevo, en el que los actos de uno sean “buenos”, en el sentido de que son representaciones directas y profundas de lo que los hace “ser”. El planteamiento como tal está tan abierto que le da cabida a cualquier acto habido y por haber del ser humano. El punto sería que el ser humano se entienda perfectamente como individuo complejo, para que de tal manera cada uno de sus actos sean “buenos” y profundamente ontológicos, es decir, que lo confirmen en su “ser”. Sin embargo, cabe recordar que a Roberto y a Regina los mueve la dialéctica musilista de la realidad-física/conciencia-alma; y lo que ellos quieren es que Regina, que está casada, se acueste con su propio esposo para serle infiel-fiel, en el sentido místico pretendido por esta dialéctica, a Roberto. Esto sucede finalmente como el clímax de la novela, donde la infidelidad/fidelidad es el acto “bueno” que los hace ser, en el sentido más hondo posible, junto con su Amor... Ahora bien, no otra más que su propia versión de esta misma “moral de la realización” es la finalidad de Revueltas en Los días terrenales.
La novela de Revueltas tiene dos momentos cúspides, en los que Gregorio interviene filosóficamente para dejar clara su posición. La primera intervención sucede cuando Gregorio y Fidel se reúnen en el comedor del Consejo de Desocupados, en el penúltimo capítulo, y la segunda se da en medio del encarcelamiento y la tortura de Gregorio, por parte de sus propios camaradas, en el último capítulo. En la primera intervención, dice:

Seres humanos, uníos. Perfecto. Pero la solidaridad no basta por sí misma, no es una característica del hombre, no es una facultad típicamente humana, sino apenas un instinto del que también participan los animales. [...]. El problema radica en adquirir, desde ahora, la conciencia, dentro de uno mismo, dentro de su individuo, de lo que es el hombre en total en su condición de ser palpable y contingente, siempre contemporáneo, con sus vicios y virtudes. [...]. [A]sí que es imperioso buscar algo parecido a una forma, digamos, de solidaridad inversa, que nos destruya, que nos anule, que nos liquide, que nos despersonalice como individuos, y esa forma no puede ser sino la responsabilidad común en lo malo y en lo bueno, pero al grado, al extremo de que esa responsabilidad tenga nuestro mismo nombre y apellido. Ésa sí puede ser la característica que distinga al hombre, pero a condición de tomarla no como un medio ni como un fin, sino como algo naturalmente implícito en las leyes que rigen el desenvolvimiento y el devenir del hombre, hasta su consumación más acabada (Revueltas, 1991, pp. 146-147).

Lo que para García Ponce es la “moral de la realización”, Revueltas lo denomina “solidaridad inversa”. La idea de García Ponce, proveniente de Musil, es, digamos, “irresponsable”, por no decir, peligrosa, porque admite cualquier acto, siempre y cuando se esté perfectamente consciente de que nos conforma psicológica y, por tanto, ontológica y hasta místicamente. De hecho, el principal motivante de su planteamiento en “La realización del amor”, y que Musil menciona también en su magnum opus, El hombre sin cualidades, son los asesinatos cometidos por G. y Moosbrugger, respectivamente. El planteamiento de Revueltas es, en cambio, “responsable”, como lo menciona en su exposición. Hace un llamado a la reconciliación dialéctica entre los “vicios” y las “virtudes” de cada individuo. En lugar de negar lo “malo”, en aras de lo “bueno”, como lo desea también la revolución comunista, el escritor duranguense sugiere que, más bien, cada individuo logre una homogeneización entre ambas, que no sea irresponsable en un sentido moral para con los demás, sin que esto signifique que se censuren o limiten los deseos que nos hacen “ser”. Lograr esta homogeneización propuesta es muy difícil, puesto que no sólo va a implicar, de entrada, una destrucción, anulación, aniquilación, despersonalización, de cada uno de nosotros, en el sentido de la moral convencional de lo “bueno”, lo cual significa que nuestra cara como humanidad sería irreconocible, sino que la complejidad psicológica de cada uno de nosotros va a variar de individuo a individuo y por tanto también la reconciliación dialéctica –entre lo que la responsabilidad de saber que no estamos siendo inhumanos, como cometer un asesinato, y la apertura absoluta de lo que nos hará humanos en nuestra individualidad– que se tendrá que hacer a pulso de una humanidad que entiende lo extremo de sus variedades individuales y la combinatoria sin fin de los elementos “buenos” o “malos”. Sin embargo, no se tiene otra opción: la “consumación más acabada” de la humanidad, y de cada individuo, dependerá de esto, como concluye la intervención de Gregorio. Si bien la noción de solidaridad tradicional sólo incluye la noción de lo bueno –y cabe destacar que mucho de esto “bueno”, dado el conservadurismo de la sociedad, puede incluir nociones irracionales de censura o de represiones de toda índole–, una solidaridad “inversa”, como lo denomina Revueltas, no significa ser sólo malos o viciosos”, sino que alude al proceso metódico de “interpenetración”, “equilibrio inestable”, “ruptura violenta” y “transformación dialéctica” responsable entre el bien y el mal.

Finalmente, de la misma forma que los protagonistas de La presencia lejana hablan de la “moral de la realización” como preámbulo para que, junto con la fenomenología de la presión de la realidad física sobre sus conciencias-almas, se entienda la infidelidad/fidelidad que cometen al final de la novela, la “solidaridad inversa” de Revueltas es aplicada por Gregorio en su encuentro sexual con Epifania, una prostituta del pueblo de Acayucan. Tanto la “moral de la realización” como la “solidaridad inversa” buscan romper con la dicotomía maniqueísta del “bien” contra el “mal”, para expandir, hasta sus meros límites, y quizá, más allá, la experiencia humana sobre la faz de la tierra. Sin embargo, la manera en que los protagonistas de ambas novelas ejercen estas ideas tiene poco que ver con la casi infinita variedad de vidas personalizadas que los seres humanos son capaces de crear y más bien se encuentra estrictamente delimitada por sus concepciones ontológicas del mundo. Más aún, ambas novelas también coinciden en que tales concepciones ontológicas del mundo se experimentan a través de las relaciones sexuales. Así pues, cuando Roberto advierte que Regina se está acostando con su esposo detrás de la puerta de su cuarto de hotel, García Ponce (2004) nos describe lo siguiente:

Detrás está la realidad, pensé una y otra vez, sin llegar a formular las palabras [...] Roberto volvió la mirada hacia la ventana al fondo del pasillo y vio otra vez la luna, más alta ahora y mucho más real, y de pronto, cuando su atención parecía haberse desprendido de la puerta, llegaron hasta él, claros y precisos, envolviéndolo como una ola que por un instante interminable nos arrastra hasta su consumición final dejándonos solos de nuevo, los rumores y quejidos, los contradictorios lamentos ambiguos del placer. Y él participó de ellos, suspendido en el vacío, envuelto en la oscuridad, seguro de su absoluta posesión de Regina, sintiéndola intocada y suya más allá de la puerta (p. 171).

Gregorio recuerda su experiencia sexual con Epifania de la siguiente manera:

saboreándola con todo el cuerpo, se impregnaba del Caos, de los elementos que aún no se descubren. Un acto sexual antes de la preformación del sexo, antes de tenerlo. Sagrada, sagradamente un acto sexual, el primer pie sobre la tierra. [...] Ocurrió con Epifania. [...]. Con ninguna mujer le sucedió jamás cosa semejante, porque con ninguna otra, tampoco, consumó la posesión como un acto moral y esencialmente religioso, destinado al reencuentro de la estirpe primigenia y en el que debe resumirse y enaltecerse la condición, el destino, la historia de todos los seres humanos. Pensó que el hombre ha sufrido el sexo como una vergüenza, a causa de que también piensa en la muerte sin ninguna dignidad. “El desamor a la muerte” –se dijo– implica a su vez un desamor y falta de respeto al sexo; es decir, lo que puede conducirnos a las peores perversidades (Revueltas, 1991, p. 162).

Al igual que con los párrafos introductorios de ambas novelas, la diferencia de las idiosincrasias de los dos escritores mexicanos se nota de antemano. A García Ponce no le interesa la moral en un sentido de comunidad y de humanidad, como a Revueltas. Aunque, al mismo tiempo, tampoco le interesa ningún tipo de acto que no conlleve a la “consumición final” mística, donde los amantes –como sucede con la conciencia-alma de Roberto–, a través de los quejidos del placer sexual de Regina con otro, se poseen mutuamente de manera absoluta. La lógica-mística en el fondo de La presencia lejana llama a una dinámica social donde las parejas deben serse infieles a sí mismos, para que de esta manera los dos sean, tanto en la “altura de la conciencia”, como diría Revueltas, como también en su Amor, creando una versión secular del misticismo cristiano. Ahora bien, este sistema místico basado en la infidelidad va en sentido contrario a la moral amorosa de los “buenos burgueses”. Sin embargo, como subraya Batis, la intención de García Ponce no es simplemente escandalizarlos, sino que se trata de un adulterio calculado, que entraña un “orden moral” “nuevo”, aunque, en efecto, como escribe el crítico jalisciense, con “una nueva y rígida ética”.

Ahora bien, conforme van pasando las dos siguientes décadas esta “moral de la realización” con fines místicos amorosos, que vemos en La presencia lejana, va, en la obra de García Ponce, cerrándose cada vez más sobre el cuerpo femenino, así como sobre el hecho de entregar a la mujer a otros. Nunca se da, por ejemplo, aunque sería igualmente válido, que la mujer entregue al hombre a otras. Y esta entrega unilateral, se torna cada vez más pornográfica. Mientras que en La presencia lejana, de 1968,Regina se acuesta con su esposo para que tanto ella como Roberto se disuelvan místicamente en las altas conciencias que les produce su adulterio, exigido por la dialéctica materia-espíritu de su mismo amor, en 1982, Crónica de la Intervención inicia con la protagonista Mariana siendo penetrada por Esteban y Anselmo al mismo tiempo, uno por la vagina, el otro por el recto, también con el fin de la disolución mística absoluta. “Sentía hasta el pito de Anselmo del otro lado” (García Ponce, 2012, p. 9), remata Esteban. Y en Inmaculada o los placeres de la inocencia, cuando Tomás Ibarrola penetra a Inmaculada por el ano, de manera que su “verga” le “hacía daño”, ella, empero, le grita a Miguel, su amante y pareja en ese momento: Miguel, estoy contigo, Miguel!” (García Ponce, 2008, p. 174). Demasiado en vano intentan los críticos de García Ponce argumentar que las mujeres en la obra del escritor yucateco tienen voluntad propia –el más reciente ha sido Armando Pereira, en 2019–, cuando la “moral de la realización” dentro de la obra del escritor yucateco, requiere que la mujer sea entregada a otros. Sin embargo, al mismo tiempo, no hay nada que defender ni criticar: así es como se es bueno, amorosa, ontológica y éticamente hablando, dentro del sistema sui generis impuesto por García Ponce desde La presencia lejana con la “moral de la realización”.

Por su parte, lo que plantea Revueltas (1991) en el fragmento citado es un poco más complejo, porque al escritor duranguense sí le interesa establecer una moral comunitaria y humana, sensata, aunque con base en la aceptación de que el ser humano es increíblemente complejo y contradictorio. Y esto empezando con Gregorio, quien, a pesar de declarar “¡A la chingada cualquier creencia en absolutos!”, porque de tal manera evitan el “miedo de descubrir la inutilidad intrínseca del hombre” (p. 131), termina descubriendo una noción de lo absoluto, con base en la aplicación de su “solidaridad inversa”, cuando se acuesta con Epifania, por gratitud, ya que ella, que estaba enamorada de él, asesina a un hombre del pueblo vecino, que quería matarlo. Si bien el adulterio en la novela de García Ponce es la manera en que se crea una modelo secular equivalente al misticismo cristiano, la autenticidad humana con la que Jesucristo rompía la barrera con la que se marginaba a los pobres en este mundo encuentra su modelo igual, secular, con la relación sexual entre Gregorio y la prostituta Epifania. Y es esta ruptura con la usual hipocresía cristiana que rige a la sociedad convencional la que hace de su relación sexual “un acto moral”, que, a su vez, le propicia a Gregorio la experiencia trascendental de comunión con el “Caos” cósmico. Así pues, de la misma manera que la “oscura ausencia” con la que inicia La presencia lejana lleva a Roberto y a Regina a entender que entregándose a otros pueden unificarse con el mundo físico y su Amor, místicos, la consumación de una moral individual y social que trascienda, no sólo la falsa ética burguesa, sino también la ética limitada y conservadora del comunismo ortodoxo, como la que promueve Gregorio, posee también el carácter de ser una comunión con el Universo –y con la Muerte, que nunca puede faltar en este tipo de metáforas últimas.

Ahora bien, cabe destacar cómo, según Revueltas, de esta comunión con el “Caos” universal y con la muerte, la “solidaridad inversa” que la posibilita implica también que no existirían las “peores perversidades”, que implican “a su vez un desamor y falta de respeto al sexo” (Revueltas, 1991, p. 162), es decir, crea también una ética sexual responsable en todas sus latitudes. Lo mismo sucedería con la aplicación de la “solidaridad inversa”, en general. De saber tratar, dialécticamente, los vicios y virtudes, se podría lograr una conciencia de altura, colectiva, donde la sexualidad sea practicada de una manera en la que lo “perverso” y la responsabilidad hayan alcanzado ya una esfera conceptual y de experiencia cualitativamente diferente. Así pues, mientras el marxista traidor o trasnochado, según la ortodoxia crítica comunista o neoliberal, propuso un modelo de pensamiento bastante interesante para tomar de los cuernos la complejidad del individuo y de la sociedad humanas, con el fin de lograr una noción de existencia y de libertad, responsables, mas, sin límite alguno, García Ponce hizo de la pornografía, contra lo que sugieren sus críticos más importantes, el modelo perfecto para poner en práctica su “moral de la realización”, convirtiendo en “bueno” lo que para muchas mujeres y feministas es explotación sexual pura.

Referencias

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