DOI: 10.25009/pyfril.v4i9.153

Sección Flecha

Vol. 4, núm. 9, mayo-agosto 2024

Instituto de Investigaciones Lingüístico-Literarias

Universidad Veracruzana

ISSN: 2954-3843

Jorge Ibargüengoitia. Una mirada curiosa, entusiasta y discordante

Jorge Ibargüengoitia: A Curious, Enthusiastic, and Discordant Gaze

Ana Rosa Domenellaa

aUniversidad Autónoma Metropolitana, Unidad Iztapalapa, México, ardomenella@gmail.com, 0000-0003-3051-2683

Resumen:

Con las reflexiones de la literatura de viajes de autores como Ottmar Ette y Michel de Certeau, para quien “leer es como viajar”, realizamos un acercamiento a los artículos periodísticos y crónicas del Jorge Ibargüengoitia viajero, en los cuales destacamos la mirada “discordante” y “excéntrica”, propia de un ironista, desde sus experiencias comoscout, en la adolescencia, hasta la visita de museos en ciudades como Londres, París o El Cairo, en su madurez. El recorrido puede iniciar en la calle Francisco Sosa, de Coyoacán, Ciudad de México, y abarcar zonas turísticas emblemáticas, como el puerto de Acapulco o las zonas arqueológicas de Yucatán, revisitadas 25 años después.

Palabras clave:Jorge Ibargüengoitia viajero; artículos periodísticos; museos de París, Londres y El Cairo; destinos turísticos: Catemaco, Malinalco, Acapulco y Yucatán.

Abstract:

With reflections from travel literature authors such as Ottmar Ette and Michel de Certeau, who believe that “reading is like traveling”, we approach the journalistic articles and chronicles of the traveling Jorge Ibargüengoitia. In these works, we highlight the “discordant” and “eccentric” perspective, characteristic of an ironist, from his experiences as a scout in adolescence to visiting museums in cities like London, Paris, or Cairo in his maturity. The journey may begin on Francisco Sosa Street in Coyoacán, Mexico City, and cover emblematic tourist areas such as the port of Acapulco or the archaeological sites of Yucatán, revisited 25 years later.

Keywords:Jorge Ibargüengoitia traveler; journalistic articles; museums in Paris, London, and Cairo; tourist destinations: Catemaco, Malinalco, Acapulco, and Yucatán.

Recibido: 24 de septiembre de 2023      ׀׀      Dictaminado: 16 de noviembre de 2023      ׀׀      Aceptado: 30 de enero de 2024

El relato de viaje es como la novela una forma híbrida.
Ottmar Ette

[México] es mi patria primera, y final. La verdad es que cuando más enojado estoy con este país y más lejos viajo, más mexicano me siento.
Jorge Ibargüengoitia

I

En este artículo, quiero detenerme en su vocación de viajero, con la relectura de múltiples artículos que abarcan desde su niñez y adolescencia comoscout a los viajes de placer o de trabajo en su madurez, reunidos por el autor en dos volúmenes:Sálvese quien pueda(Ibargüengoitia,1975b) yViajes a la América ignota (Ibargüengoitia, 1975c). Los demás forman parte, básicamente, de otros volúmenes, con sus artículos publicados en el periódicoExcélsior (1969-1976), y con posterioridad en la revistaVuelta, éstos ya seleccionados y reunidos por Guillermo Sheridan, con títulos comoInstrucciones para vivir en México (Ibargüengoitia,1990),La casa de usted y otros viajes(Ibargüengoitia,1991) y ¿Olvida usted su equipaje?(Ibargüengoitia,1997a), entre otros.

Iniciaré refiriéndome a sus primeras experiencias como viajero, para trasladar luego el eje de mi lectura a los desplazamientos espaciales, con las reflexiones sobre su vida en la Ciudad de México, en el barrio de Coyoacán; algunas aventuras en viajes al interior de la República, desde Guanajuato a Yucatán, para luego explorar algunas ciudades europeas en las que se detiene, como Barcelona, Londres y París, para concluir en Egipto.

El primer desplazamiento del niño Jorge Ibargüengoitia Antillón ocurre cuando su madre viuda lo lleva a vivir con sus abuelos en la Ciudad de México, a los tres años; luego cuando vive unos meses en Acapulco, entre los diez y once años, porque su madre administra un hotel en el puerto. Los recuerdos de Acapulco de niño se recogen enViajes a la América ignota y se retoman enLa casa de usted y otros viajes, donde realiza un recuento de sus visitas:“Yo conocí Acapulco en 1939, lo he visitado unas veinte veces bien distribuidas entre esa fecha y ahora [el artículo está fechado en 1974] y creo que siempre ha sido engañoso: ni fue paraíso ni es ahora infierno. Más exacto sería decir que dentro de lo horrible siempre ha sido maravilloso” (Ibargüengoitia,1975, p. 39). O sea, un perfecto oxímoron. Esta es una muestra de la peculiar mirada sobre los lugares que visita.

Ingresa a losscouts en 1942, con 14 años, y permanece hasta los 23. Con su amigo Manuel Felguérez, comparte aventuras, como la de asistir al primer gran encuentro mundial después de finalizada la 2° guerra El Yamboree, de 1947, en Francia. Ellos fueron expulsados de su grupo en México por no cumplir con las reglas, como lo relata en el cuento “Falta de espírituscout” (Ibargüengoitia,1967, pp. 129-145), que escribe porque pierde una apuesta. Descubren que, aunque no tengan dinero para cubrir el viaje en avión, pueden llegar por barco, zarpando desde Nueva York. Los dos amigos, de 18 y 19 años, viajan durante días en autobuses hasta Estados Unidos, para abordar un barco, elMarine Falcon, que sirvió para transportar tropa durante la guerra. Pero no sólo es la experiencia de la cofraternidad con jóvenes de otros países, sino que, finalizado el encuentro, los dos amigos continúan viajando por Francia, Italia y Suiza. Finalmente, antes de despedirse, descubren, según testimonio de Felguérez (1988), la belleza de viajar: “Durante cuatro meses recorrimos Francia, Italia y Suiza. Finalmente, en Londres, el último día del viaje examinando los acontecimientos, decidimos que viajar era una maravilla y que tendríamos que hacer algo de nuestras vidas que nos permitiera seguir haciéndolo” (pp. 45-46). El zacatecano ya había decidido convertirse en pintor y el guanajuatense continúa con su carrera de ingeniería, pero también se ocuparía del rancho familiar –lo que les queda después de la Reforma Agraria del cardenismo–, para reunir dinero, proyecto que no concluye porque tres años más tarde, después de asistir a la representación de una obra de Carballido, dirigida por Salvador Novo, en el teatro Juárez, unido a los reiterados problemas con la bomba de agua del rancho, abandona los estudios de ingeniería y se inscribe en la carrera de Arte dramático, en Mascarones, donde Usigli será su maestro y Luisa Josefina Hernández su compañera de estudio y de becas.

El crítico alemán Ottmar Ette (2001) afirma, enLiteratura de viaje. De Humbold a Baudrillard, que no se puede trazar una línea divisoria entre la literatura ficcional y la literatura de viaje, al igual que se discuten las especificidades entre los textos periodísticos y los literarios publicados por un escritor. Lo que me interesa destacar aquí es que en Jorge Ibargüengoitia pueden retroalimentarse lo periodístico y lo literario, como ocurre con algunos cuentos con material autobiográfico y contexto citadino, incluidos enLa ley de Herodes (Ibargüengoitia, 1967), o con sus experiencias como profesor en la Escuela de Verano de Guanajuato, ciudad natal, conocida, que transforma en ciudad “imaginaria”, parecida y autosuficiente, que llamó Cuévano en su premiada novelaEstas ruinas que ves (Ibargüengoitia, 1975a), que así quedó bautizada en las siguientes.

II

Ya convertido en escritor reconocido, luego de los dos premios obtenidos en los concursos de Casa de las Américas, de 1963 –porEl atentado, farsa histórica sobre el asesinato de Álvaro Obregón– y 1964 –por su primera novela,Los relámpagos de agosto, basada en las memorias de generales revolucionarios y en el levantamiento escobarista, de 1929–, y tras haberse librado de las hipotecas sobre su casa en Coyoacán, construida con tantos esfuerzos y obstáculos, como lo narra enLa ley de Herodes, le proponen escribir una “pequeña guía de la Ciudad de México que sea a la vez amena y capaz de incitar al lector extranjero y turista en potencia, a visitarla” (Ibargüengoitia, 1975c, p. 28). Para “soltar mano”, se propone escribir “un pequeño ensayo turístico sobre la calle que le queda más cerca: lo titula “Aventuras de Francisco Sosa” (Ibargüengoitia, 1975c, p. 28). Comienza con un poco de historia. Y a continuación, inventa un espacio prehispánico, con ribetes mitologizados y humorísticos: en la “remota antigüedad”, Francisco Sosa era “el camino que unía el reino de Coyoacán (tierra de coyotes) y Chimalistac (mujer chimuela, en memoria de la reina que lo fundó)” (Ibargüengoitia, 1975c, p. 29). Estos dos reinos vivían en paz y en gran amistad. El primero era productor de tunas cardonas y el segundo fabricaba barbacoa. En la realidad histórica, la calle Francisco Sosa fue trazada, desde la época colonial, como Calle Real de Santa Catarina, que unía a los pueblos de Coyoacán y San Ángel. Cuenta la historia que era un camino polvoriento, que corría entre huertos, corrientes de agua, paredes cubiertas de hiedra y canteras. Tuvo diferentes nombres, como Calle Real de Santa Catarina, Benito Juárez y el actual de Francisco Sosa, desde 1951 (Hueitzilin, 2016, s/p.). Este personaje fue un escritor y político liberal, que nació en Campeche, el 2 de abril de 1848, y falleció en la Ciudad de México, el 9 de febrero de 1925.1 Ibargüengoitia incluye en este escenario una calzada de tierra con fresnos gigantes y “un río pestilente que todavía existe en la actualidad” (Ibargüengoitia, 1975c, p. 29). También considera a sus habitantes en un cuadro que podemos clasificar como prototurístico y paradisiaco: algún noble coyoateco o chimalixtaco transportado, con su familia, en andas, por “tamemes”. La irrupción histórica ocurre con la llegada de los españoles, “cuando todo se echó a perder” (Ibargüengoitia, 1975c, p. 29): “Hernán Cortés, enamorado del clima de Coyoacán [...], construyó una grande y hermosa casa, cuyas ruinas sirven todavía de juzgado de lo civil y delegación del padrón electoral” (Ibargüengoitia,1975c, p. 30). Luego, los demás conquistadores siguieron el ejemplo y construyeron sus casas en lo que ahora es Francisco Sosa (Ibargüengoitia,1975c, p. 31), cómo “después de la espada vino la cruz” (Ibargüengoitia,1975c, p. 30) y se construyeron los grandes monasterios de San Juan y del Carmen. Tras otros comentarios sobre pintores nostálgicos, se suceden las generaciones de propietarios, que levantan sus casas con una idea común: “la de construir una antigüedad de acuerdo con el abolengo de la calle” (Ibargüengoitia,1975c, p. 31). Por ejemplo, colocar junto a la puerta de entrada un atlante de Tula, hecho de plástico, o conseguir un portón de una iglesia barroca para esconder losMustangs. Dentro de esta serie de propietarios, se insertarán las historias del propio autor, con relación a la compra de un terreno en tierras que fueron de jesuitas y la posterior construcción de una casa, no en Francisco Sosa, sino en una cerrada perpendicular a esta famosa calle: Calle de Reforma norte, Prolongación de Reforma, Cerrada de Reforma o Reforma a secas: “Han pasado más de diez años –afirma el narrador de ‘Manos muertas’– y todavía no se sabe a ciencia cierta cómo se llama la calle donde vivo” (Ibargüengoitia, 1967, p. 50).

III

A Guanajuato, convertida en Cuévano, regresa una y otra vez. Va dando características propias de su geografía, de su historia y de sus habitantes a lo largo de muchas páginas, tanto periodísticas como literarias. Por ejemplo, le dice a su amiga Margarita Villaseñor (1996) que las virtudes cardinales son aquí “el disimulo, el cumplir” (pp. 21-22); o en algún viaje al extranjero, detecta a sus paisanos por usar zapatos amarillos de León o pantalones de gabardina color azul pavo –que sólo usan los habitantes de Monteleón, Guanajuato.

En otro artículo, recuerda lo que Alexander Humboldt escribió: que la riqueza de Guanajuato no está en el interior de sus montañas, sino en la pobreza de sus habitantes. Y en su análisis de los resultados de la Reforma Agraria en la zona, con el marco de la hacienda familiar de San Roque, Irapuato, acota que una de sus tías heredó del abuelo el balneario de aguas termales Comanjilla, que Ibargüengoitia convierte enHotel Calderón, otro de los escenarios deDos crímenes (Ibargüengoitia, 1979).

Dice su amiga Margarita Villaseñor (1996), en un testimonio incluido enJorge Ibargüengoitia a contrarreloj: Joy es “la compañera y la esposa que soñó. Inteligente y amable, con el talismán de la creación” (p. 406). También habrá que añadir que Jorge y Joy se casan después de la muerte de su madre Luz Antillón (Lulú) (n. 1973), la que, con su tía Ema (n. 1974), fue una de las mujeres que lo criaron y lo adoraron, según sus propias palabras, y que él cuidó y procuró hasta el final. En el “Ensayo de nota luctuosa. No manden flores” (1991b), con tono constreñido da los datos de fecha y hora del entierro. Luego dice: “Murió como vivió, dando órdenes” (p. 294). Se van a un largo viaje en 1975, a Londres. Y ya los viajes serán con Joy, nombrada en los artículos como “la inglesa” o “mi mujer”, con quien disfruta la curiosidad por viajar y el gusto por la comida y los “tragos” compartidos. Otros escritores viajeros, como Italo Calvino (1988), han exaltado la laboriosidad y fascinación por la cocina mexicana. En su cuento “Bajo el sol jaguar”, asegura:

El verdadero viaje, en cuanto introyección de un “fuera” diferente al nuestro habitual, implica un cambio total en la alimentación, una deglución del país visitado en su fauna y flora y en su cultura (no sólo las diversas prácticas de la cocina y el condimento sino el uso de los diversos instrumentos con que se aplasta la masa o se mueve el caldero) haciéndolo pasar por los labios y por el esófago (p. 48).

Desea descubrir nuevos sitios o revisitar con ella lo que él había conocido veinte años antes. Joy Laville (1996) lo recuerda en su viudez –lo sobrevive 25 años–: “Jorge era agudo, dulce y alegre, llevaba el sol adentro” (p. 19). Joy murió en 2018, en Cuernavaca, a la edad de noventa y cinco años, después de haber sido distinguida con el Premio Bellas Artes.

Ibargüengoitia (1991b), titula un artículo de su estancia en Londres “El paseo del glotón, cómo hacer las compras para cocinar”. En el texto, que se titula “Llevaba un sol adentro” Joy (1990) cuenta que cuando Ibargüengoitia murió estaba éste trabajando en una novela que se llamaría, tentativamente,Isabel cantaba. También cuenta que vivían en París, sin frecuentar a mucha gente. Jorge cocinaba para los amigos e inventaba, fusionando, con mucho acierto según los amigos, la cocina italiana con la mexicana. Disfrutaba hacer las compras para la cena: “Le gustaba mucho caminar en París” (Laville, 1996, p. 18). Se convirtió en unflaneur.

Quiero detenerme en un viaje a la provincia para mostrar los claroscuros de esa mirada de Ibargüengoitia viajero: “Un día de campo”. Programan visitar el Nevado de Toluca tres viajeros, en un Volkswagen: un regiomontano, un guanajuatense y una inglesa –por supuesto, son Joy, él y quien maneja, W., ya que ninguno de los dos sabe manejar; de ahí su acalorada defensa del peatón, su aversión por la proliferación de coches y sus observaciones en torno al transporte público, en especial autobuses, pero también trenes y aviones. El tercero es llamado W. –y en otros viajes, a Catemaco, por ejemplo, será Wilmot. Por testimonio de otros amigos, podemos colegir que es Jorge Wilmot. Diez años atrás recuerda otro paseo (1979) al lago del cráter del Nevado, donde comen pan y queso. En esta ocasión, no llegan a su destino porque se detienen a desayunar en Toluca y se tardan dos horas, por la ineficiencia del restaurante mal escogido. Cambian de destino a Malinalco, se pierden, pero llegan a su objetivo: visitar el templo del Dios del Viento, en un rincón del pueblo. Siguen los contratiempos, pero reconoce que la contemplación lo compensa. ¿Qué vio?, me pregunto. Aquí el lector/a queda frustrado porque escribe: “No voy a contar las emociones que tuve al ver el templo ni voy a describirlo porque no viene a cuento” (Ibargüengoitia, 1975c, p. 200). El ironista no se permite debilidades emotivas. En cambio, nos cuenta que al regresar le habían escrito en el polvo del coche un insulto, por ser “gringos”. La venganza es pagarles a los niños que “cuidaron el coche” con las tortas que encargaron en Toluca y que a lo largo del día se convirtieron en “nauseabundas”.

Regreso a Ottmar Ette (2001), quien escribió, enLiteratura de viaje. De Humbold a Baudrillard, “El relato de viajes pone en movimiento lopresabido, la memoria individual y colectiva” (p. 49). Desde esa perspectiva, podemos rescatar un viaje de Ibargüengoitia, acompañado de su esposa y un amigo, por Veracruz, en San Andrés Tuxtla, donde ven una construcción de dos pisos, con portal y baranda, que al narrador le recuerda una casa de Trinidad, Cuba, mientras que a su amigo Wilmot a la que vio en Birmania (Ibargüengoitia, 1991, p. 30). De paso por Catemaco, Veracruz, buscan los últimos vestigios de la selva amazónica: ven montes desforestados para sembrar pastizales y criar ganado, que le llama la atención por su piel lustrosa –sin duda, se trata de los “cebú” importados de la India. Resulta curioso que no mencionen a Catemaco como el tan conocido centro de brujos, que ha visto mermada la afluencia de turistas por la violencia, impuesta por el crimen organizado, que sufre la región. En esta zona, la comida presenta los atractivos regionales: las acamayas –langostinos– y los ategogolos, que son caracoles de agua dulce, con sabor a “callo de hacha” (Ibargüengoitia, 1991, p. 32), aclara el viajero glotón. También incluye el menú “memelas” y “pellizcadas”. Cenan mirando los chupiros, que traduce a “cocuyos”, y que en mi idiolecto sureño llamo luciérnagas. En la mezcla y confusión de nombres, el narrador trata de llegar a un sitio en que se encontraron vestigios olmecas: “Tres zapotes”, que su mujer registra como “tres camotes”.

Otro territorio revisitado es Yucatán, donde llegarán en 1976, por el azar de las catástrofes naturales, como narra en “Los trabajos del destino o la Providencia”: organizaron un viaje a Guatemala, país que no conocen, entusiasmados por unos amigos. En el aeropuerto, se enteran del terremoto de 1976, que tiene un saldo inicial de mil muertos. El destino turístico se cambia a Yucatán, que Ibargüengoitia recuerda haber visitado por vez primera en 1951, comoscout, y que narra en otro momento como “viajes náuticos”. Ya pasaron 25 años –y viajando por carretera, ya no por los blancos caminos mayas oSac bec. Registra que la experiencia es “un poco melancólica, porque el estado está en ruinas” y pasa a enumerarlas: “ruinas de selva, ruina de milpa, ruina de haciendas, ruinas de iglesias, ruinas a secas. ¡Pero qué ruinas!” (Ibargüengoitia, 1997b, p. 278). De Chichen Itzá, recordaba elHotel Mayaland, donde desean hospedarse, pero no tienen lugar. Sin embargo, gracias a la “terquedad” de su mujer lograrán finalmente alojarse y pueden admirar, desde allí la zona arqueológica, reconociendo, además, que es un privilegio de pocos.

Tulum, las ruinas junto al mar Caribe también las conoció en un viaje con sus amigos, en 1951, desembarcando en la playa de Tankah. Lo recuerda como “el lugar más bello que he visto en mi vida” (Ibargüengoitia, 1997b, p. 282). Después de 25 años, y rodeado de turismo masivo, repite su impresión: “el lugar más bello.” Y añade: “Todas las conjeturas [...] salen sobrando” (Ibargüengoitia, p. 282). Nuevamente, ante la emoción, el viajero omite todo sentimentalismo, prefiere señalar otros aspectos.

Para cerrar este tema sobre sitios turísticos en la provincia mexicana, regresemos a Acapulco para compartir un peculiar punto de vista sobre sus habitantes y el turismo. Jorge Ibargüengoitia asegura que quienes visitaron el puerto entre 1933 y 1950 lo recuerdan como una “maravilla”, que se echó a perder con la llegada del turismo nacional, primero, y de los gringos, después, convirtiéndolo en una especie de Miami sin cubanos. Sabemos que él lo conoció desde niño y afirma que se trata de “la meca del holgazán” (Ibargüengoitia, 1991, p. 45), por ser un lugar donde a nadie se le antoja trabajar. Vivían tranquilos los nativos del lugar, pero llega del Altiplano “una maldición”: los visitantes. Y ellos se vengan, tratándolos mal por haberlos sacado de su “condición de inocencia paradisiaca” (Ibargüengoitia, 1991, p. 46). Luego llegan los extranjeros, con más dinero y peores intenciones, porque el turista es el holgazán que saca al acapulqueño de su holgazanería primitiva y lo obliga a trabajar, lo echa a una civilización precaria –las colonias populares en los cerros circundantes–, queda en una condición sometida. Por eso, el lugareño hace “cajitas horribles” y pretende venderlas (Ibargüengoitia, 1991, p. 47). Podríamos comparar este texto con uno de los conocidos cuentos mexicanos de Bruno Traven (2011): “Canastitas en serie” de Oaxaca. Sin lugar a dudas, se puede concluir que la estética de Jorge Ibargüengoitia es la del desenfado.

IV

Ottmar Ette (2001) propone también cuatro lugares diferentes de la literatura de viajes: “la despedida”, “el punto álgido”, “la llegada” y “el regreso”. En el primer sitio, podemos encontrar los artículos en que Jorge prepara el viaje y recibe consejos de los que ya han viajado. En este punto, comenta que hay quien le sugiere llevar 36 artículos –inútiles– o el que le dice sólo llevar la chequera y una pluma –que en la actualidad se reemplaza con las tarjetas de crédito. Por cierto, una de las marcas del paso del tiempo son los “después” del viajero y las dificultades que conllevan. Describe su “bolsita de lona”, que era a la vez botiquín y estuche de tocador, y cuyo contenido fue cambiando con los años. También nos comparte su interés por los libros de viajes, con mapas de regiones que no piensa conocer. Sin embargo, añade que los textos que acompañan los mapas son soporíferos, en especial si son escritos por el viajero en persona, que resulta más interesante como personaje que como autor. Otra despedida que se narra es la de un viaje a Europa, en donde el avión no sale y deben pasar la noche en un hotel del centro y despertar no en París, sino en la calle “Ignacio Ramírez”. “El punto álgido” puede ser llegar a una estación de París y no encontrar cuartos y después de mucha batallar terminar en un hotel de paso. En cuanto al “regreso”, en Olvida usted su equipaje (Ibargüengoitia, 1997) aparece una sección titulada “El retorno”, con el subtítulo de “La vida real otra vez” (p. 94). Ahí reflexiona: “recomenzar es siempre más difícil de lo que uno espera” (Ibargüengoitia, 1997, p. 207); “Mi mujer no puede entender que yo, aquí en España, tenga problemas de idioma” (p. 207); “En el Barrio Gótico me pierdo. Estos extravíos no me causan alarma ni pesar. El barrio es fascinante y después de todo, estoy operando en un espacio circular que no tiene más de un kilómetro de diámetro” (Ibargüengoitia, 1997, p. 210). Barcelona no le parece tan agradable como tres años atrás. Se pregunta si es por los estragos causados por el paso de treinta millones de turistas o por la inflación: “El Parque Güel y el Museo Picasso son, a mi gusto, lo que saca a Barcelona de ser una ciudad agradable como hay tantas, para colocarla en un nivel superior y único” (Ibargüengoitia, 1997, p. 211). También dirá que se come muy bien y barato.

En cuanto a París, enLa casa de usted y otros viajes (Ibargüengoitia,1991) afirma: “Yo tengo prejuicios con respecto a Francia porque cuando descubren algo que les interesa, lo pronuncian mal, lo malinterpretan y acaban creyendo en un invento francés” (Ibargüengoitia, 1991, p. 216). Ejemplo: los “Bitols por los Beatles” (Ibargüengoitia, 1991, p. 216). Sin embargo, era París donde vivían cuando ocurrió el accidente.

Para concluir con este recorrido sobre el tema de Jorge Ibargüengoitia como viajero, me detendré en los museos, en tres espacios diferentes: México, Londres y el Cairo.

EnInstrucciones para vivir en México (Ibargüengoitia, 1991b), se incluye un apartado titulado “Homenaje a la provincia”, con el subtítulo “Los museos como aventura” (p. 209). En este artículo, asegura que en México se ha llegado a un punto en que sólo los turistas y los niños de las escuelas –éstos a fuerzas– visitan museos; critica la idea, calificada de “pedante, solemne y equivocada”, de que los museos son “puritita cultura, ya que la cultura [según él] tiene el defecto grandísimo de que todo el mundo la ambiciona en abstracto pero pocos son los que están dispuestos a molestarse por adquirirla” (p. 209).

Veamos ahora cómo narra su experiencia en los museos londinenses, en ¿Olvida usted su equipaje? (Ibargüengoitia, 1997a). Inicia con una afirmación rotunda: “lo mejor de Londres es gratis, es bueno que sea gratis y es mejor por ser gratis: los museos” (Ibargüengoitia, 1997a, p. 110). En esta ocasión, asegura que no hay “manera ni más civilizada ni más elegante de perder el tiempo” (Ibargüengoitia, 1997, p. 110) que visitar museos. Otra ventaja sobre los de Nueva York, además de su gratuidad, es que están cerca unos de otros. Visita el Museo del Hombre, la Galería Nacional, el Museo de Historia Natural y, por supuesto, el British Museum. Nos dice que en la escalera principal –y nuevamente compara–, en un sitio equivalente al que ocupa la Victoria de Samotracia en el Louvre, está la estatua de un rey egipcio, que él asocia al recuerdo de una película de Hitchcock. Cree recordar que ahí se encuentra “una de las piezas más extraordinarias del arte mexicano antiguo” (Ibargüengoitia, 1997a, p. 113): el cráneo de cristal de roca, que está en el Museo del Hombre. El salón de lectura de la biblioteca –que se mudó a un edificio nuevo en años posteriores– lo imagina con Lytton Strachey –el renovador del género de las biografías– leyendoCrímenes célebres.2 Ibargüengoitia resume sus visitas diciendo que lo que está adentro del museo es maravilloso, “no sólo porque las colecciones son magníficas, sino porque están expuestas con mucho cuidado y con una sencillez que parece característica de la erudición inglesa” (Ibargüengoitia, 1997a, p. 114). Por oposición, y de regreso al comentario irónico, pone de ejemplo lo visto en otros museos –quizá aquí el nombre de México está elidido–, donde, junto a “una figura que representa a una mujer hincada frente a un metate se lee ‘sacerdote ante una urna funeraria’” (Ibargüengoitia, 1997a, p. 114).

El tercer escenario es el museo de El Cairo, con veinte o treinta veces más piezas de las que se exhiben en el museo británico. Están “empolvadas, sin iluminar, metidas en vitrinas empañadas sin letreros explicativos o con letreros en francés e inglés que dicen tonterías” (Ibargüengoitia, 1991, p. 285). De todos modos, concluye: “la colección es maravillosa” (p. 285). Al igual que Egipto, a pesar del desastre en la experiencia con los hoteles y la comida. Su admiración por las pirámides de Gizé –que compara con las teotihuacanas– se expresa así: “son más grandes y más simples, más grandiosas y más modestas” (Ibargüengoitia, 1991, p. 284). Y concluye: “tienen un esplendor cruel e incomprensible” (Ibargüengoitia, 1991, p. 284). En cambio, le resulta decepcionante la esfinge y dice que lo que le inquieta y transmite a sus lejanos lectores es que tantas generaciones de visitantes, durante siglos, “la hayan encontrado enigmática” (Ibargüengoitia, 1991, p. 284).

Por último, una reflexión que une la cultura antigua con la escritura: una vidriera en el museo británico muestra la escritura cuneiforme de la Mesopotamia. El visitante observa la representación de un hombre que amasa barro y forma plantillas, las que graba con un estilo y luego cuece al sol. Tres mil años más tarde, alguien lo descifra y descubre que se trata de una receta contra la jaqueca. En el presente, el visitante lee la transcripción de lo que un señor escribió hace tres mil años en Asia Menor. Y lo impresiona y lo maravilla. En cambio, no le emociona ni le interesa demasiado ver manuscritos de escritores ingleses del siglo XIX. Nos comenta que “Bernard Shaw escribe en taquigrafía, O. Wilde tacha alguna palabra y Thomas Hardy escribe sin tachar y con fluidez y lo curioso es que sea tan aburrido leerlo” (Ibargüengoitia, p. 115). Recordemos que es admirador de la obra de Evelyn Waugh, quien visitó México, al igual que Graham Greene, escritor inglés y católico.

Finalmente, “leer es también un modo de viajar”. Y para Michel de Certeau (1996), enLa invención de lo cotidiano I. Artes de hacer, “los lectores son viajeros: circulan sobre las tierras ajenas del prójimo, nómadas que cazan furtivamente a través de los campos que no han escrito” (p. 187). Luego añade:

La escritura acumula, conserva, resiste el tiempo con el establecimiento de un lugar y multiplica su producción con el expansionismo de la reproducción. La lectura no está garantizada contra el deterioro del tiempo (se olvida de sí mismo y se le olvida), no conserva, o conserva mal, su experiencia lograda (o lo hace mal), y cada uno de los lugares donde pasa es una repetición del Paraíso perdido (p. 187).

Los sitios visitados por Jorge Ibargüengoitia, a través de los años y transmitido en múltiples artículos, son, pues, su paraíso perdido.

Referencias

Ette, O. (2001).Literatura de viaje. De Humbold a Baudrillard. Ciudad de México: Universidad Nacional Autónoma de México.

Calvino. I. (1988).Bajo el sol jaguar (Aurora Bernard, Trad.). Ciudad de México: Tusquets.

De Certau, M. (1996).La invención de lo cotidiano I. Artes de hacer (Alejandro Pescador, Trad.). Ciudad de México: Universidad Iberoamericana.

Felguérez, M. (1988). El reencuentro.Vuelta,IX(100), 45-46. Ciudad de México.

Hueitzilin. (2016, 18 de abril). Ciudad de México, Coyoacán Fomento y Tradición.

Ibargüengoitia, J. (1967).La ley de Herodes y otros cuentos. Ciudad de México: Joaquín Mortiz. Ibargüengoitia, J. (1975a).Estas ruinas que ves. Ciudad de México: Novaro.

Ibargüengoitia, J. (1975b).Sálvese quien pueda. Ciudad de México: Novaro.

Ibargüengoitia, J. (1975c).Viajes a la América ignota. Ciudad de México: Joaquín Mortiz.

Ibargüengoitia, J. (1979).Dos crímenes. Ciudad de México: Joaquín Mortiz.

Ibargüengoitia, J. (1990).Instrucciones para vivir en México. Ciudad de México: Joaquín Mortiz.

Ibargüengoitia, J. (1991).La casa de usted y otros viajes. Ciudad de México: Joaquín Mortiz.

Ibargüengoitia, J. (1997a). ¿Olvida usted su equipaje? Ciudad de México: Joaquín Mortiz.

Ibargüengoitia, J. (1997b).Ideas en venta.México: Joaquín Mortiz.

Laville, J. (1990). Llevaba un sol adentro. En J. Ibargüengoitia,Instrucciones para vivir en Mexico (pp. 11-12). Ciudad de México: Joaquín Mortiz.

Laville, J. (1996). Llevaba un sol adentro. En F. Arroyo y otros,Jorge Ibargüengoitia a contrarreloj (pp. 19-22). Guanajuato: Congreso del Estado de Guanajuato.

Villaseñor, M. (1966). Conversaciones frente al mar de la presa. En F. Arroyo y otros,Jorge Ibargüengoitia a contrarreloj (pp. 23-34). Guanajuato: Congreso del Estado de Guanajuato.

Traven, B. (2011).Canasta de cuentos mexicanos. Ciudad de México: Selector.

Notas

1 Francisco Sosa vivió en la ciudad de Mérida, donde estudió latín, jurisprudencia y filosofía. Más tarde, en la Ciudad de México se vinculó con Ignacio Ramírez “El nigromante” y con el poeta Juan Mateos. También colabora en la revistaEl Renacimiento, que dirigía Ignacio Manuel Altamirano.

2 Mi propia experiencia en esa sala fue querer conocer el lugar en el que Marx escribió gran parte deEl capital, gracias a la calefacción.