
Sección Redes
Vol. 4, núm. 9, mayo-agosto 2024
Instituto de Investigaciones Lingüístico-Literarias
Universidad Veracruzana
ISSN: 2954-3843
Dos soportes de la voz: su descripción para atisbar la existencia social de textos literarios
Two Supports of the Voice: their Description to Glimpse the Social Existence of Literary Texts
Carlos Gutiérrez Alfonzoa
aUniversidad Nacional Autónoma de México en Chiapas, México, galfonzo@unam.mx,
0000-0001-7810-6030
Resumen:
Guiado por la sugerencia de Martin Lienhard –observar la “existencia social” de los materiales–, en este texto busqué referirme a dos tipos de materiales que procedían de la oralidad, y que mudaron a tener un respaldo fuera del ámbito en que las personas la emitían con fines propios a la colectividad a la que pertenecían. Son soportes originados en Chiapas, en los Altos de Chiapas y la región de la frontera con Guatemala, con los que es posible darse cuenta de cómo se ha transitado de la oralidad a la escritura, de un tipo de oralidad a otro tipo, desplazamiento que no deja de ser relevante si se quiere comprender lo que ocurre en determinadas colectividades.
Palabras clave: oralidad; escritura; literatura; Chiapas; frontera.
Abstract:
Guided by Martin Lienhard’s suggestion –observing the “social existence” of materials–, in this text I sought to refer to two types of materials that came from orality and that began to have support outside the area in which people issued them with purposes specific to the community to which they belonged. They are supports originating in Chiapas, in the Chiapas Highlands and the region on the border with Guatemala, with which it is possible to realize how there has been a transition from orality to writing, from one type of orality to another type, a displacement that It is still relevant if you want to understand what happens in certain communities.
Keywords: orality; writing; literature; Chiapas; border.
Recibido: 11 de septiembre de 2023 ׀׀ Dictaminado: 13 de noviembre de 2023 ׀׀ Aceptado: 29 de enero de 2024
Me propuse en este artículo describir dos de los que he denominado soportes con los cuales la voz está bajo resguardo. Me sitúo en el estado de Chiapas. Identifico dos de esos soportes: el primero, producto del ejercicio escritural impulsado a partir de los años ochenta del siglo pasado, sobre todo en los Altos de Chiapas; el segundo, resultado de la práctica radiofónica indigenista, en ese mismo período, cuya área de influencia abarcaba municipios de la frontera Chiapas-Guatemala. Lo expuesto tiene la impronta de lo testimonial, partícipe como fui, sobre todo en el segundo formato.
El ejercicio escritural y la práctica radiofónica deben observarse dentro de las políticas de definición nacional del Estado Mexicano. Estaba, por un lado, la población indígena, la que debía ser mexicana, y, por el otro, el imperativo de establecer la frontera en términos culturales, en una zona en la que la frontera política dividió un área cultural. Estas prácticas se vieron incrementadas a partir del siglo XX, con la puesta en marcha de las campañas de mexicanización, las cuales vieron su auge durante la gubernatura del coronel Victórico Grajales, de 1932 a 1936.
El anterior marco de referencia se complementa con la labor de recopilación que emprendieron algunos antropólogos que se sintieron atraídos por las culturas de los Altos de Chiapas, en donde se habla tzeltal y tzotzil. El doctor Andrés Medina Hernández (2015) ha estudiado los propósitos de los proyectos antropológicos asentados en Chiapas, que impulsaron universidades estadounidenses, en concordancia con las políticas gubernamentales, y mediante los cuales se formaron jóvenes que estudiaban antropología en México. Al tener en el horizonte a esos jóvenes, visualizo a cuatro de origen centroamericano, que centraron su labor antropológica en Chiapas a partir de los años finales de la década de los cincuenta del siglo pasado: Carlos Navarrete Cáceres, César Tejeda Fonseca, Carlo Antonio Castro y Otto Schumann Gálvez. Don Carlos Navarrete Cáceres es quien sobrevive, con el ímpetu de una criatura de noventa y dos años. Ahora, de ellos afirmaré que se interesaron por capturar las voces que reconocemos como manifestaciones de las otras literaturas.
He querido decir con las líneas anteriores que hubo acciones gubernamentales y ejercicio antropológico con el fin de prestar oído a la palabra que era pronunciada en determinados momentos, quizá ceremoniales, o en las ocasiones en que el antropólogo inquiría por formas de nombrar el mundo. Pienso en estas intervenciones como antecedentes de lo que busco exponer.
Los materiales recopilados por los antropólogos fueron publicados como muestra de lo existente en un determinado lugar. Pienso en los cuentos del Soconusco, que dio a conocer don Carlos Navarrete Cáceres en 1966; en Summa Anthropologica, que recopiló durante su trabajo arqueológico como investigador de la Fundación Arqueológica Nuevo Mundo. Tengo en mente también “Literatura oral de los tzeltales”, de Carlo Antonio Castro, texto publicado en la revista La Palabra y el Hombre, en el número 17, de enero-marzo de 1961, que cuatro años después ampliaría con el título Narraciones tzeltales de Chiapas, editado por la Universidad Veracruzana, en la colección Cuadernos de la Facultad de Filosofía, Letras y Ciencias. Al mencionar los ejemplos anteriores, acentúo, como hipótesis, que quienes deben cumplir los preceptos laborales dejan lugar para que afloren sus intereses, sí, académicos, pero también aquellos que les muestran la vitalidad de la condición humana, el encuentro con la voz.
Hubo dos propuestas institucionales en las que estuvieron involucrados escritores y pintores. Una de éstas fue la que con la intervención del doctor Alfonso Caso, director del Instituto Nacional Indigenista, tuvo como sede el Centro Coordinador Indigenista Tzeltal-Tzotzil, en San Cristóbal de Las Casas, y se produjo de 1954 a 1960, como parte de la acción indigenista del gobierno federal. El doctor Caso invitó a Carlo Antonio Castro, primero, y a Rosario Castellanos, después, para que proyectaran los programas educativos del Centro, en el que participaron también el pintor Carlos Jurado y Marco Antonio Montero, director de teatro (Navarrete Cáceres, 2007, p. 13). Carlo Antonio Castro y Rosario Castellanos se involucraron en las propuestas educativas que se impulsaban hacia los Altos, una de las labores del Centro Coordinador Indigenista Tzeltal-Tzotzil, las cuales se basaban, sobre todo, en el teatro guiñol, con la intervención de promotores tzeltales y tzotziles. Fue así como surgió el teatro Petul, que Rosario Castellanos dirigiría de 1956 a 1957, para el que escribiría varias obras (Lewis, 2020, p. 191). Stephen Lewis (2020) concluyó que, como “herramienta de persuasión, negociación y educación, el teatro Petul tuvo un claro éxito” en los Altos de Chiapas (p. 206). Hubo también una considerable producción editorial.
Según Carlo Antonio Castro, el recuento de las publicaciones generadas por el Centro Coordinador Indigenista Tzeltal-Tzotzil sumaba 24 cuadernos de lectura, entre ellos, 8 cartillas de alfabetización, la famosa Guía del promotor, instructivos sobre cultivos y textos de apoyo a la lectura, principalmente de carácter cívico. Dentro de esta producción editorial, a Rosario Castellanos pertenecen la cartilla Nuestro libro de lectura y 12 libretos para teatro guiñol, reunidos en dos cuadernos. Además, corrigió y adaptó diversos textos escritos o dictados por los informantes (Navarrete Cáceres, 2007, p. 21). Carlo Antonio Castro publicó, en tzotzil, el periódico Sk’oplal te Mejicolum, una iniciativa pionera tanto en Chiapas como en México (Fábregas Puig, 2023).
Carlo Antonio Castro y Rosario Castellanos abandonarían sus labores indigenistas en 1957, año en que se publicó Balún Canán. Así definió Castro el tiempo que trabajó con Rosario Castellanos: “El encuentro que sostuvimos en los Altos de Chiapas fue un oficio luminoso” (Navarrete Cáceres, 2007, p. 26).
La segunda actividad gubernamental surgió en una dependencia del gobierno del estado de Chiapas y tuvo como protagonista al primer doctor en antropología hablante de tzotzil, Jacinto Arias Pérez, hijo de quien fuera el informante clave de Calixta Guiteras Holmes, antropóloga que participó en el proyecto Chicago (Medina Hernández, 2015), quien escribiría Los peligros del alma (Guiteras Holmes, 1965 ), obra clásica de la antropología que se ha hecho en Chiapas, traducida por Carlo Antonio Castro y publicada por el Fondo de Cultura Económica. Al tener el cargo de director de fortalecimiento y fomento a las culturas, en la subsecretaría de Asuntos Indígenas del gobierno de Chiapas, en los años ochenta del siglo anterior, el doctor Jacinto Arias Pérez proyectó la publicación en tzeltal y tzotzil de libros escritos, sobre todo, por jóvenes tzeltales y tzotziles, con la respectiva traducción al español. Dio inicio a un periódico, Kayetic, editado en tzotzil. Fomentó talleres de lectoescritura para capacitar a familias de localidades de los Altos y la Selva, con la intención de llegar a hablantes de ch’ol y zoque (Poblete Naredo, 2016, p. 120). Con ímpetu, incentivó, al estar en otros espacios gubernamentales, festivales, talleres y la organización de quienes luego se reconocerían como escritores. Su tesis de doctorado, El mundo numinoso de los mayas: estructura y cambios contemporáneos, se publicó en 1975, en la colección Sepsetentas, de la Secretaría de Educación Pública.
Al marcar las coordenadas que me llevarán a los soportes de los que hablaré, insisto en el lugar que tuvo la escuela en las localidades de Chiapas, durante casi todo el siglo XX, a pesar de los altos índices de analfabetismo registrados en la entidad y del lugar que la oralidad ha tenido en la transmisión de los conocimientos locales. Se normó un carácter mexicano que era impulsado por los profesores. Y se prodigó el contenido expuesto en los libros de texto gratuito. El tzeltal y el tzotzil se escribían con el fin de que por medio de las lenguas se lograra la alfabetización castellana de quienes asistían a la escuela (Poblete Naredo, 2008, p. 14). En los Altos de Chiapas, es de destacar la acción de los promotores indígenas, vínculo entre las localidades y el gobierno. Algunos de estos promotores fueron informantes de antropólogos norteamericanos de las universidades de Harvard y Chicago (Morales Bermúdez y Zúñiga Zenteno, 2022, p. 241). Uno de los antropólogos, llegado a Chiapas mediante el proyecto de la Universidad de Harvard, se interesó en que el ejercicio escritural se afincara en la entidad por medio de la capacitación de quienes habían sido informantes y, sobre todo, en que la población aprendiera a leer en su lengua (Poblete Naredo, 2008, p. 17). Hubo también la formación de promotores por parte de instituciones de carácter religioso, que colaboraron en la traducción de textos al tzeltal y el tzotzil (Poblete Naredo, 2008, p. 11). Y la iglesia católica favoreció las traducciones al tzeltal, el tzotzil, el tojolabal y el chol de los diagnósticos de cada una de las regiones, en aras de que los feligreses comprendieran la visión que habría de analizarse en el Congreso Indígena de 1974, que estaba bajo la dirección de la Diócesis de San Cristóbal de Las Casas, según se aprecia en el testimonio de Jesús Morales Bermúdez sobre ese momento clave (Morales Bermúdez, 2018). A inicios de la década de los setenta del siglo anterior, se empezó a planear la instalación, en San Cristóbal de Las Casas, como parte de las políticas de desarrollo tanto del gobierno federal como del gobierno estatal, de una radiodifusora que fuera un vínculo entre las poblaciones de los Altos de Chiapas. Y una década después, el gobierno federal, por medio del Instituto Nacional Indigenista, decidiría establecer en Las Margaritas, Chiapas, su primera radiodifusora indigenista en la entidad.
Pienso que he dado el contexto para referirme a los dos soportes motivo de este artículo, los que surgieron a finales de los años ochenta del siglo anterior, momento que para Xóchitl Fabiola Poblete Naredo (2008, p. 5) marca el inicio de la literatura indígena.
El primer soporte que citaré es el que impulsó, junto con otras instituciones asentadas en San Cristóbal de Las Casas, Chiapas, mediante el concurso “Memoria y vida de nuestros pueblos”, el Centro de Investigaciones Humanísticas de Mesoamérica y del Estado de Chiapas (CIMECH-UNAM), antecedente del Centro de Investigaciones Multidisciplinarias sobre Chiapas y la Frontera Sur (CIMSUR-UNAM). Lo elegí porque me parece relevante observar que los seis libros se publicaron con textos seleccionados de dicho concurso, cuya primera emisión se produjo en 1986. La última, en 1996. Los libros se editaron con el título de Cuentos y relatos indígenas. El volumen uno se dio a conocer en 1989, con una segunda edición en 1994. Los volúmenes dos-tres, cuatro y cinco se publicaron en 1994. El seis, en 1997. Y el siete, en 1998. En 2002, con el sello del Programa de Investigaciones Multidisciplinarias sobre Mesoamérica y el Sureste, de la Universidad Nacional Autónoma de México, un antecedente más del Centro de Investigaciones Multidisciplinarias sobre Chiapas y la Frontera Sur, se publicó Historia y vida de nuestros pueblos, volumen 1, en el que recogieron textos de las convocatorias de 1993, 1994, 1995 y 1996. Las lenguas indígenas en las que se publicaron los libros, además del español, fueron, en los volúmenes uno y dos-tres, el tzeltal y el tzotzil. A partir del cuatro, además de las dos anteriores, el tojolabal y el chol. Y en el seis, el zoque. En el último libro, Historia y vida de nuestros pueblos, volumen 1, se incluyeron textos en mam. Son seis lenguas.
Una interrogante obligada es la que tiene que ver con la manera en que las personas de las localidades chiapanecas se enteraron del concurso. La respuesta surge con el apoyo de la jefatura de Zonas de Supervisión de Educación Indígena de la Secretaría de Educación y Cultura del Estado. El impulso mayor para que se produjera una respuesta satisfactoria debió surgir del sistema educativo. Estuvo también el fomento que se produjo por medio de las radiodifusoras indigenistas, ubicadas en el estado de Chiapas, tanto la del gobierno del Estado, instalada en San Cristóbal de Las Casas, como la del gobierno federal, establecida en Las Margaritas, Chiapas, las únicas dos radios que transmitían en lenguas indígenas.
En la segunda edición del primer volumen de Cuentos y relatos indígenas, Juan Bañuelos (1994) precisó que el concurso literario, dirigido a los pobladores indígenas de Chiapas, cuyos textos debían estar escritos en su lengua nativa, con traducción al castellano, hecha por los mismos autores, tenía como propósito el “de estimular y de rescatar de la memoria colectiva, de la ‘biblioteca viviente’ en que se han convertido estos pueblos, las fábulas, cantos, leyendas, proverbios, cuentos, poemas o alguna otra manifestación literaria transmitida oralmente” (p. 10). Bañuelos consignó que los “indígenas respondieron con entusiasmo y la recepción de trabajos fue muy buena, los mismos que ahora se publican completos, no sólo por la importancia antropológica que representan, sino también por la rica expresión literaria más allá de su medio social y cultural” (p. 10).
En el prólogo a la segunda edición de ese primer volumen, Pablo González Casanova Henríquez (1994), quien era director del Centro convocante del concurso, mostró su asombro por la recepción que tuvo el primer volumen en su primera edición, lo que provocó que se pensara en su segunda edición. Apuntó también que el número de “trabajos” enviados al concurso había ido en aumento. En la convocatoria de 1993, se recibieron más de ciento veinte “escritos bilingües”, en lenguas mayas, zoque y española. Al final del prólogo, luego de dar su parecer sobre los textos publicados, González Casanova Henríquez agradeció a los autores, a los iniciadores, árbitros y organizadores-coordinadores de los concursos, a los traductores hablantes de tzeltal y tzotzil, al corrector en español y a la persona que transcribió los textos.
La participación de traductores de las dos lenguas mayoritarias de Chiapas es un indicador de la prevalencia de hablantes de tzeltal y tzotzil entre los concursantes. A partir del cuarto volumen, se incluyeron textos en tojolabal y chol. En el sexto, en zoque. Guadalupe Olalde (1966), quien debió tener acceso a los materiales, constató, en “Contar y recontar: Aproximación al análisis de recursos estilísticos en la narrativa tzotzil”, que algunos de los textos seleccionados por ella habían sido escritos sólo en español. De ahí la labor de los traductores, que debían atender la solicitud de que los relatos estuvieran traducidos para su publicación. Y sobre la manera en que fueron recibidas las convocatorias, Guadalupe Olalde destacó una de las características de los textos enviados al certamen: la motivación que tuvieron “los autores indígenas” para registrar sus historias. Citó un ejemplo tzeltzal: el cuento “El sol y la luna”, de Marcos Encino Gómez:
Este cuento es muy antiguo, que hace muchos años que venían contando los abuelos, antepasados y hay una infinidad de cuentos; aprovechando la convocatoria recibida, se hace recordar este cuento ya que actualmente jóvenes y personas, que ya no lo saben contar, por lo que no existe ningún libro de este concurso, para hacer revivir los cuentos, las tradiciones, historias del pueblo que son culturas autóctonas de indígenas que deben conservar en los Altos de Chiapas (Olalde, 1966, p. 493).
En relación con quien firmó el relato, Olalde (1966) advirtió que “muchas veces el narrador original de éste es una persona diferente, existe entonces una coautoría en la que se mencionan ambos nombres y el texto lo producen un narrador y un escribiente” (p. 495). Olalde enfatizó que “en la mayoría de los casos, aunque el autor no reconozca un narrador específico, señala o asume que la historia no es creación suya, sino que pertenece a la memoria colectiva del pueblo” (p. 495). Observó también que muchas veces el autor no proporcionó todos sus datos y sólo le pareció suficiente decir quién le había contado la historia. Para Olalde, esta manera de actuar es una muestra de que se desea permanecer en el anonimato. Sí hubo quienes decidieron dejar constancia de que eran los autores de los textos. Como ocurre con la mayoría de las convocatorias, se pidió que los que desearan participar utilizaran un seudónimo. Guadalupe Olalde vio cómo en los quince textos analizados por ella se resolvió este punto de las bases del concurso. Por ejemplo, al final de uno de los textos se colocó esto : “Escribio [sin acento en el original]: me apodan la mamá de Uxul. Uxul es un ave morenita, morenita” (p. 496). En otro, al final del texto, y después del nombre, se anotó esto: “apodo Doctor”. Para Olalde, el colocar o no el seudónimo, “nos lleva a considerar el fenómeno de transculturación que, de uno u otro modo, los indígenas enfrentan actualmente y que supone la asimilación de toda una ideología occidental respecto a su propia manera de percibir las cosas” (p. 496).
Guadalupe Olalde (1996), Micaela Morales (2004), Xóchitl Fabiola Poblete Naredo (2008, 2016) y Jesús Morales Bermúdez y Zúñiga Zenteno (2022) han estudiado los relatos publicados en los seis volúmenes de los Cuentos y relatos indígenas. Olalde, además de reparar en cómo se respondió a las bases de la convocatoria y de hacerse preguntas para posibles investigaciones con este tipo de materiales, se interesó por la composición de quince relatos tzotziles; Micaela Morales, por los de corte cosmogónico; Poblete Naredo, sobre todo, por los autores; y Morales Bermúdez, por los cuentos y relatos de negros.
El segundo soporte al que me referiré es el que se originó en la radiodifusora XEVFS “La Voz de la Frontera Sur”, instalada por el Instituto Nacional Indigenista, en 1987, en Las Margaritas, Chiapas. Entre los objetivos de la radiodifusora, estuvo que los programas se produjeran con la participación de los habitantes de su área de influencia. Al final de la década de los ochenta, el cuadrante no estaba saturado de estaciones de las denominadas piratas y la señal de la radio de Las Margaritas se desplazaba más allá de los cien kilómetros. Los locutores, en los inicios de las transmisiones, eran hablantes de tzeltal, tzotzil, tojolabal. Dos años después, se contratarían a dos hablantes de mam. Años después, se incorporaría una hablante de poptí, que luego de un tiempo de trabajo abandonaría la estación en busca de otro horizonte. A la radio acudieron también hablantes de chuj y kanjobal, que produjeron un programa que los puso en contacto con sus familiares de Guatemala. Con la presencia en la radio de las lenguas que se hablan en la región, era de esperarse que la población se identificara con la emisora y la sintieran como suya.
La radiodifusora se convirtió en el repositorio de voces que, tanto en la selva como en la frontera con Guatemala, tenían el conocimiento sobre cómo había sido la vida en esas regiones de Chiapas. En “Voces en el cuadrante” (1997), describí que cuando un tojolabal o un tzeltal acudía a la radio lo hacía con todo el deseo de intervenir en la transmisión. Estaba, en la entrada, a la espera del locutor que hablara su lengua. Los dos irían a la cabina, que la persona miraría con la admiración puesta en los ojos. Una vez ahí platicarían durante media hora. El señor contaría fragmentos de la vida de su localidad, expresaría su emoción de estar en la radio. Y en esa plática, afloraba en la voz del señor un cuento, así, de esa vida de su ejido o ranchería. Como se trataba de transmisiones en vivo, esas palabras pronunciadas cumplían con las características del sonido radial: se volvían efímeras, fugaces e irreversibles. Esas intervenciones, que no fueron grabadas, respondían a la espontaneidad de la persona –entre los trabajadores de la radio, se instalaba el gusto de que la gente llegara a la radio a hablar, motivada por lo que habían oído en emisiones anteriores. Podría pensar ahora que se estaba construyendo una gran plática, con su propio tiempo, algo que no pude ver cuando escribí el texto “Voces en el cuadrante” (Gutiérrez Alfonzo, 1997). Lo que sí expuse fue que una vez, en una localidad, tres jóvenes aprendieron a tocar la guitarra. Eran asiduos escuchas de la radio. Les había extrañado que se transmitiera musical regional y se hablara en las lenguas de los pobladores locales. “Un día tenemos que ir a participar”, pensaron. Ensayaron hasta que hicieron sus propias composiciones. Dilataron en llegar a la emisora. “Nos hacía falta practicar más”, comentaron cuando por fin decidieron conocer la radio. De puro gusto, le llevaron una canción (Gutiérrez Alfonzo, 1997, p. 540).
Varias celebraciones habían permanecido ocultas, quizá por los cambios en las creencias de los pobladores, o tendían a ignorarse, al no verse nutridas con la práctica asidua. Las voces que empezaron a tener presencia en la radio provocaron que otras más se integraran en el espacio radial. Con los sondeos que los trabajadores de la radiodifusora hacían por las localidades del área de influencia de la estación, se logró que festividades como el carnaval adquirieran vitalidad. Los trabajadores de la radio se dieron a la tarea de grabarlo en algunas localidades de la cañada tojolabal, la que va de Comitán a Altamirano. Por varios rumbos, los años de labores de la estación calaron en el ánimo de quienes algo sabían de la fiesta. Y hubo carnaval más allá de la cañada. Y se hizo el carnaval jacalteco, en la frontera con Guatemala. Y florecieron las danzas mames y el carnaval de los tzeltales de la selva, quienes habían llegado a esa parte del municipio de Las Margaritas en la década de los setenta del siglo anterior.
Las personas mayores fueron quienes tuvieron el encargo de pedir que los trabajadores de la radio acudieran a las localidades a grabar la palabra que les permitiría reconocer formas de agruparse en torno a una historia compartida: un relato, un cuento, una leyenda, con los que se produciría la serie radiofónica, que tendría un horario y un día para su transmisión. Cuando se debía grabar, con una Uher portátil, de carrete abierto, o una de casete, había que estar temprano en la localidad. Se podía elegir, para grabar, la casa de alguien o la escuela del lugar. Se instalaba el equipo y en coordinación con las personas mayores se determinaba la secuencia a seguir. No se entraba en detalles, para no perder la espontaneidad de los relatos, como lo expresé en el texto “Voces en el cuadrante” (Gutiérrez Alfonzo, 1997). Todo estaba listo. Casi siempre se marcaba el inicio de la historia de la localidad a partir de que los pobladores se asentaron en el lugar. Para el caso de las localidades de la selva, ese principio estaba en la década de los setenta del siglo veinte. Y para la sierra, los idiomistas, personas mayores que conocían la lengua, sintieron como necesario indicar que se habían asentado ahí en un tiempo que se perdía en los momentos de la creación del mundo. Cuando se hablaba de la fundación de la localidad, las personas mayores –no más de cinco personas– colocaban las sillas en semicírculo. Cada una tomaba la palabra a su tiempo. La inflexibilidad que al principio de la exposición de las historias era identificable, poco a poco fue cercenada. Se produjo una gran riqueza imaginativa, que se acrecentó con cada participante. Por lo regular, las personas que querían decir su palabra dejaron de ser del grupo de los mayores. Se multiplicaron también las voces de los jóvenes, que se encargaron de exponer la vida en los tiempos recientes. La intención: recrear la palabra, hablar del conocimiento adquirido, dar una opinión, hacerse presente a través del diálogo, del monólogo, del gusto por contar lo que se vive. Se hablaba tanto en la lengua del lugar como en español.
En torno a quienes participaban en la grabación, se ubicaban las personas de la localidad: hombres y mujeres; menores y mayores. Siempre hubo risas. A veces, se grababa durante todo el día. Era tanto el entusiasmo que se alcanzaba con esta actividad que al final había fiesta: cohetes y música. No muchos días después de la grabación se hacía la producción del programa, que luego, en un horario acordado con las personas del lugar, se transmitía por la radiodifusora.
Refiero que el material grabado es una fuente para acceder a relatos, leyendas y cuentos pronunciados por habitantes de la selva y de la Sierra Madre de Chiapas. Las lenguas registradas por el personal de la radio fueron el tojolabal, el tzeltal, el tzotzil y el mam. Por iniciativa de una agrupación de mujeres, se produjo un programa que puso en contacto a las mujeres que se habían quedado en México con las que habían decidido retornar a Guatemala. Fueron programas producidos en español, kanjobal y chuj, lengua de la que César Tejeda Fonseca escribió en 1961: su propuesta fue que el chuj se reconociera como “parte de la composición lingüística de Chiapas”, junto con el jacalteco (Tejeda Fonseca, 1961, p. 329).
ara escribir tesis de licenciatura, la labor de la radio ha sido observada por comunicólogos (Peña Paredes, 2005; Ramírez Franco, 2004; Ramos Higuera, 2001); también por alguien que estudió lengua y literaturas hispánicas, cuyo énfasis estuvo puesto en cómo las lenguas de la región se vieron incentivadas por las producciones radiofónicas. En este caso, se destacó “que los radioescuchas de la emisora de Margaritas han fortalecido el valor de sus lenguas maternas, en parte, gracias al lugar preponderante en que las ha situado su radio (como ellos la llaman), a través de la difusión de programas en sus lenguas nativas” (Ortega Luna, 2005, p. 7). La afirmación anterior respalda lo que advierto ahora: en las convocatorias del concurso “Memoria y vida de nuestros pueblos”, al que me referí líneas atrás, se recibieron textos procedentes de las regiones de la selva –tojolabal– y sierra –mam. Esta respuesta, sin lugar a dudas, se produjo porque las convocatorias eran dadas a conocer por medio de la radiodifusora XEVFS “La Voz de la Frontera Sur”.
Martin Lienhard (2003), en La voz y su huella, al analizar la propuesta de Juan Adolfo Vázquez, expuesta en su ensayo “El campo de las literaturas indígenas latinoamericanas”, publicado en 1978, y hacer evidente que las categorías propuestas por Vázquez mostraban “unas prácticas literarias de índole muy diversa”, indicó que la definición de las literaturas indígenas de Vázquez –“las literaturas indígenas se caracterizan por el predominio de puntos de vista, estilos e imágenes que expresan modos de ver la realidad característicos de los aborígenes americanos tradicionales”– carecía de un aspecto clave, de acuerdo con la perspectiva de Lienhard: no incluía todo lo relacionado con la “existencia social de estos textos, de los procesos de comunicación en que viene a insertarse cada uno de ellos” (p. 19).
Al aludir a dos soportes de la voz, ubicado en Chiapas, tuve en mente la propuesta de Martin Lienhard. Los textos, he podido ilustrar, están en concordancia con formas de comunicación, las cuales rebasan el ámbito de la localidad. Estas maneras de estar en contacto se nutren de lo que se tiene al alcance: un texto escrito, un texto sonoro. Los dilatados antecedentes que indiqué dejan ver que lo que se registró en los soportes descritos estuvo influenciado por lo que llegaba de fuera a las localidades: quien narró un cuento, un relato, con toda seguridad estuvo en contacto con la radiodifusora. Quise también marcar cómo las personas se apropian de los proyectos que llegan por vías como la institucional, según lo expuesto en este texto; cómo, al final de cuentas, de lo que se trata es de que afloren los puntos de vista, las imágenes, los estilos, con los que se expondrán visiones del mundo, las cuales darán lugar a “prácticas literarias de índole muy diversa”.
De esos modos de practicar la expresión, di cuenta en mi tesis de maestría, en la que insistí en exponer otra mirada sobre la literatura de México (Gutiérrez Alfonzo, 2003). En “Voces en el cuadrante” (Gutiérrez Alfonzo, 1997), ofrecí el siguiente ejemplo, para que se percibiera cómo la oralidad está presente en la noticia escrita por uno de los locutores de la radiodifusora:
El agente municipal de la comunidad El Santuario, de este municipio, nos informó que desde el principio de este mes de julio, que empezó la lluvia y viento y hasta ahora sigue y además por tanta lluvia que ya derrumbó un cerro donde tienen un tanque de manantial, por eso ahora en ni una casa llega el agua en los tubos y por otro lado que hay una ciénaga que está muy llena que ya tiene ocupado como diez hectáreas de tierra donde está posesionado el agua que ya va a cruzar en otras cañadas que sólo este año está pasando mucho el agua y el viento (p. 538).
Tampoco resistí la tentación de citar el aviso que envió, por escrito, el señor Hilario Pérez Pérez:
La Cumbre y Cuesta, municipio de Tila. De la manera más atenta les suplico, a usted mamá: Magdalena Pérez Pérez del ejido Nuevo Sabanilla, municipio de Ocosingo, les dirijo a usted mamá por medio de esta carta, quiero que vengan tú y mi hermano Fermín también, urgentemente quiero pedir su favor, porque tengo un problema con mi papá, Fermín Pérez Díaz. Aunque no tienen su pasaje, por favor piden prestado el dinero, yo voy a pagar lo que deben. Por eso les he llamado en el radio Las Margaritas. Esto lo que les suplico a usted mamá, muy pronto le espero su urgencia, y también les hago un saludo para todos mis hermanos y mis hermanas, que dios los guarde en todos los días. Atentamente. Hilario Pérez Pérez (Gutiérrez Alfonzo, 1997, p. 541).
Lo que sucedía en el programa de saludos era por igual de consideración. Por lo regular, una persona llevaba a la radio varias hojas de papel: eran saludos. En la localidad, en un momento, alguien –joven o niño, hombre o mujer– escribía y otros más se acomodan alrededor. Es de imaginar que se trataba de una ocasión en la que debía haber risas. El pedir que alguien anotara los saludos en el papel, que podía ser de un cuaderno que había dejado de utilizarse, habla del interés que existe por manifestar una idea de manera escrita, un afán que puede provocar que haya espacio para la imaginación:
Gorrioncito dorado tú que te levantas
en vuelo no me dejes desconsolado.
Tú, vuelas y vuelas hasta no ver a tu destino
llegado. Toma esta carta que de mi
puño y letra he redactado, para saludar
a los amigos de la radio que con su
programa tiempo de saludos me han alegrado (Gutiérrez Alfonzo, 1997, p. 542).
Hay que pensar que otra debe ser ahora la existencia social de los textos referidos. El cuento, el relato y la leyenda están nutridos de otros componentes, que están en relación también con la versatilidad de quien los expresa, de quien los escribe con determinado fin, que no se circunscribe a su ámbito cercano. Una mirada amplia para observarlos es la que se demanda.
Referencias
Bañuelos, J. (1994). Presentación. En Cuentos y relatos indígenas 1 (pp. 7-10). Ciudad de México: Universidad Nacional Autónoma de México.
Castro, C. A. (1961, enero-marzo). Literatura oral de los tzeltales. La Palabra y el Hombre 17, 53-68. Xalapa, Universidad Veracruzana.
Cuentos y relatos indígenas. (1989-1998). México: Universidad Nacional Autónoma de México. https://doi.org/10.22201/cimsur.9683634559p.1995 https://cimsur.unam.mx/index.php/publicaciones/porserie
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