DOI: 10.25009/pyfril.v4i9.163

Sección Redes

Vol. 4, núm. 9, mayo-agosto 2024

Instituto de Investigaciones Lingüístico-Literarias

Universidad Veracruzana

ISSN: 2954-3843

 

Sebastián Pineda Buitrago (2022). La indisciplina literaria

Luis Antonio Mendoza Vegaa

aUniversidad Veracruzana, México, mendozavegatributo@yahoo.com

Sebastián Pineda Buitrago (2022). La indisciplina literaria. 102 pp. ISBN: 9786078858620. Xalapa: Universidad Veracruzana.

Un fantasma recorre la historia de los estudios literarios en Hispanoamérica: la indisciplina. Menciona Sebastián Pineda Buitrago (Medellín, Colombia, 1982): “Aunque en el siglo XIX latinoamericano hay cierto cultivo de la lingüística y de la ecdótica, las técnicas hermenéuticas de la filología alemana lucen por su ausencia, es decir, hay una indisciplina en la interpretación, un desdén por la educación poética y por la edición crítica” (p. ii). Menosprecio que encuentra su mayor cauce en los estudios culturales y mediales contemporáneos. Pero ¿de qué se trata esta falta de rigor en el campo literario? Según Platón, enemiga de lo que es máthēma –en griego, ciencia, conocimiento–, la poesía es sospechosa de estudio, puesto que ofrece un campo ilimitado, a diferencia del orden del cálculo o de las matemáticas. No muy alejado de estas conclusiones, llega en su momento Immanuel Kant, para quien la disciplina requiere de una serie de reglas y límites, a diferencia de la cultura. Así, llega a preguntarse el crítico colombiano: “¿por qué tanto la literatura como la cultura se asumen positivamente, es decir, como ‘disciplinas’ ilimitadas?” (p. 18). ¿Acaso la paradoja, el vicio y la desfiguración vistos desde la lógica, así como la malinterpretación en los términos, sean las causas del insuperable posestructuralismo en las universidades de habla hispana?

Publicado bajo el sello de la Universidad Veracruzana, La indisciplina literaria es un recorrido breve y conciso por las etapas de la historia literaria en Latinoamérica, principalmente por los intentos de disciplinar a la literatura. Alfonso Reyes, anota Pineda Buitrago, se pregunta:

por qué, en el México de 1944, la literatura aún no goza de la legitimidad suficiente para considerarse una “disciplina” académica. De la literatura, según él, todas las demás disciplinas pueden servirse mediante préstamos semánticos y poéticos. Sólo que mientras la ciencia otorga un valor exacto y unívoco a cada cosa y a cada palabra, incluso con guarismos y símbolos geométricos, y la historia se estructura a partir de archivos que oficializan o legitiman nombres y fechas, la literatura está libre de tales ataduras (p. 20).

El deseo del escritor regiomontano parece cumplirse en el siglo XXI con los estudios culturales, de manera parcial, dado que la atención privilegiada de motivos más que de problemas de la literatura genera una inconclusa y poco práctica teoría literaria, en términos generales. Por lo anterior, la crisis resulta más de cariz burocrático, frente al cual es necesario una mayor atención desde la epistemología del objeto literario y, asimismo, del sujeto que investiga, para dar con las condiciones de producción institucional, es decir, dar con un valor no sólo científico, sino también económico, político y social. Porque la pregunta de Reyes también va sobre la utilidad de la investigación literaria: ¿a quién se le debe rendir cuentas sobre el beneficio de la literatura? ¿A los colegas, a la Universidad, al Estado?

Pineda Buitrago no pretende ofrecer un libro polémico, a pesar del tono de su segundo capítulo, “La constitución de la literatura y el rompimiento con el Derecho”, donde busca dar con las claves de un conflicto colonial: “mientras en Angloamérica [protestante] el centro de una comunidad fue la biblioteca pública, en Hispanoamérica [consecuencia de la Contrarreforma] lo fue la parroquia” (p. 23). La figura del letrado resulta pieza clave en la emergencia de los estados nacionales en América latina. La relación decimonónica entre política y letras era inminente. Sin embargo, la separación finisecular de las facultades de Derecho y de Filosofía y Letras, así como de las carreras de literatura y de filosofía, acarreó una desorganización del conocimiento: “Pues esta división, a juicio de [Rafael] Gutiérrez Girardot, contribuyó a la disminución de la exigencia de la comprensión y el análisis, del cultivo de la historiografía y de la sociología, sin las cuales no hay filología posible” (p. 36). Pienso, por ejemplo, en una escisión todavía más grave, la que se presenta entre la lingüística y la literatura. Con el aislamiento de esta última, aunado a la confusión interpretativa, la crítica pierde consecuentemente terreno en la educación pública mientras que la ciencia, “lo eficaz”, gana cuarteles en la burocracia.

Con la instauración de los estándares técnicos, la cultura letrada se angosta aún más. Existe un desplazamiento del texto frente a los avances tecnológicos. Apunta el autor: “La diferencia entre la literatura del siglo XIX y la del XX es que aquella está producida bajo el monopolio de la imprenta y la alfabetización universal, mientras en ésta la escritura entra en competencia con los medios técnicos del fonógrafo y el cine” (p. 54). De alguna manera, este desalojo se manifiesta con la pérdida de la hegemonía en lo textual. Es posible ahora tomar por cultura también el mass media televisivo, fílmico y sonoro. Así, como parte de una teoría de la comunicación, los estudios culturales nacen como parte de la historia de la tecnología y, asimismo, de la teoría cibernética de posguerra.

La pregunta general de Sebastián Pineda Buitrago se resume en la dialéctica amigo-enemigo: Poder vs. Literatura, Cultura vs. Literatura, Tecnología vs. Literatura, Discurso vs. Literatura, cuya manifestación clara en México se encuentra en la consolidación del monopolio televisivo:

el obsceno gusto por las imágenes de cierta élite mexicana en detrimento de las palabras y de la cultura letrada o textual hunde sus raíces en la cultura contrarreformista y barroca de la Nueva España. Mejía Madrid imagina a Azcárraga Milmo contemplando desde helicópteros una larga fila de peregrinos por la Calzada de los Misterios en procesión a la Basílica de Guadalupe, que Televisa ha financiado, se esconde la celebración de un pacto poscolonial en contra de la cultura letrada. Pues el culto guadalupano de 1648 coincide con el gran auto de fe del 11 de abril de 1649, esto es con la apoteosis de la presencia inquisitorial en la Nueva España contra protestantes y judíos, contra la gente del libro (p. 74).

Antípoda del mundo protestante, para el autor la herencia virreinal, que impide separar el lenguaje literario del religioso y jurídico, abona a la absorción de lo textual con el de los medios de comunicación e impide la lectura crítica. De esta manera, todo para el estudioso cultural es discurso, es poder.

De acuerdo con Beatriz Sarlo, gran parte del antiintelectualismo de la segunda mitad del siglo XX se debió a lecturas erróneas tanto de La ciudad letrada (1981), de Ángel Rama, como de otros vestigios foucaultianos, que generó una confusa y relativista “ciencia” de los estudios de la literatura en América Latina, una indisciplina que dejó la puerta abierta para los estudios culturales, cuya posición parece ser sobre todo de anti-texto, anti-escritura, anti-libro, en tanto que refutan al canon y las relaciones de poder. Sin embargo, esto no significa pocas o nulas posibilidades de construir guías y herramientas a priori o a posteriori del hecho literario, sobre su valor estético ante todo.

Por todo lo anterior, la crítica literaria necesita reforzar técnicas hermenéuticas para el resguardo de la sensibilidad humana, frente al avasallante mundo tecnócrata y de la especialización, con metodologías apegadas a la lectura concienzuda, textual, para ser fiel, una vez más, a la imaginación, reconciliando de paso más de una enemistad, declarada o no, entre la literatura y otros fenómenos. ¿Cómo lograrlo? Reconocer el problema, tarea ardua, como lo hace Sebastián Pineda Buitrago, resulta un buen punto de arranque. Finalmente, el resto sería un ejercicio exhaustivo de revaloración de los estudios literarios, urgente y posible.