
DOI: 10.25009/pyfril.v4i10.186
Sección Cardumen
Vol. 4, núm. 9, mayo-agosto 2024
Instituto de Investigaciones Lingüístico-Literarias
Universidad Veracruzana
Jorge Luis Herrera. (2023). Una representación polifónica de la Generación de Medio Siglo
Alfredo Pavóna
aUniversidad Veracruzana, México, pavron@yahoo.com.mx,
0000-0002-8707-8577
Jorge Luis Herrera. (2023). Una representación polifónica de la Generación de Medio Siglo. 174 pp. isbn: 978-607-98479-9-9. Ciudad de México: LIBERMEX.
Intentar la historia literaria es un reto. Jorge Luis Herrera lo acepta con alegría y le da cuerpo y savia a Una representación polifónica de la Generación de Medio Siglo, compañera de otras investigaciones suyas –informa, en preciso prólogo, David I. Saldaña Moncada–, ya individuales, como Voces en espiral. Entrevistas con escritores mexicanos contemporáneos (2009), ya colectivas, como Narrativas de la violencia. Representaciones en las literaturas hispánicas. Guerra, sociedad y familia (2015), Tuércele el cuello al cisne. Las expresiones de la violencia en la literatura hispánica contemporánea (siglos XX y XXI) (2016), El texto de las mil caras. Hibridismo y nuevas tendencias en la literatura española e hispanoamericana (2018) y Disidencias en la literatura hispánica (2020). Recorre un camino espinoso, que va del trasfondo social que implica toda historia literaria a la historia creativa de los individuos, pasando por la generación y grupos a que estos individuos están asociados.
De la mano de José Ortega y Gasset y Julián Marías, Jorge Luis Herrera asume que la historia literaria exige “la reconstrucción y análisis de la estructura de todo aquello provocado por la coexistencia y correlación entre el propio ser humano y su mundo” (p. 135), esto es, tener en cuenta las transformaciones de la historia humana, teniendo este trasfondo cuanto atañe al período literario que se aspira a atender. De esta manera, se recuperan los pensamientos, interpretaciones, “gustos, convenciones, valores” del periodo, que “son consecuencia y reflejo de una forma particular de sentir la existencia” (p. 137). Si se quiere, insiste Herrera, se reconfigura la “sensibilidad vital” o la “vida histórica” de una época, que afecta a las generaciones y a los individuos. Con esta vida histórica –entendida como las circunstancias vitales colectivas que dominan una época concreta–, las generaciones y los individuos toman una postura respecto de las predecesoras, ya del ayer remoto, ya del reciente: “la primera es aquella en la cual se concibe al pensamiento del presente como el progreso de las ideas pasadas y se busca darle continuidad [...], mientras que en la segunda se pretende superar el pasado mediante la destrucción del pensamiento heredado” (pp. 136-137), si bien, agregamos, es más usual la combinatoria de ambas posturas: a partir de una conciencia crítica, asumir unos pensamientos y rechazar otros.
Ya con este marco general para su esfuerzo por contribuir a la historia literaria del siglo xx mexicano, Herrera aterriza en el campo de las generaciones, el recurso metodológico clave para intentar su valoración de la Generación de Medio Siglo. Las generaciones representan, para él, “un momento específico de la sensibilidad vital de un pueblo y cada una posee rasgos que la definen y la distinguen de las demás”. Agrega: “sus miembros comparten, ineludiblemente, particularidades que los hermanan y que simultáneamente los diferencian de los de otras generaciones” (p. 140). Para darle mayor claridad al concepto, retoma a Ortega y Gasset, quien, desde su atalaya, había propuesto una sutil diferencia entre ser contemporáneo y ser coetáneo: “Ser contemporáneo implica vivir en un mismo tiempo y espacio, y ser coetáneo entraña, además, compartir y participar de un mismo ‘espíritu del tiempo’” (p. 141). Trae a escena, entonces, las palabras del filósofo español: “el conjunto de los que son coetáneos en un círculo de actual convivencia es una generación” (p. 141). Y así, contemporaneidad y coetaneidad no sólo clarifican el concepto generación, sino implican, además, la sucesión y el empalme generacional durante una sola época histórica, como ocurrió en el México de los años sesenta, cuando convivieron –señalamos– las generaciones del neorrealismo –con Juan Rulfo, Juan José Arreola y José Revueltas a la vanguardia–, de Medio Siglo –con Juan García Ponce, Inés Arredondo y Juan Vicente Melo al frente– y de la Onda –con José Agustín y Gustavo Sainz a la cabeza–, una consolidada, otra afianzándose, una más en proceso de emergencia.
El marco teórico y metodológico de Jorge Luis Herrera para intentar la reconstrucción de la Generación de Medio Siglo está claro, si bien deja en zona gris el papel de los grupos –verbigracia, los hispanomexicanos (José de la Colina, Federico Patán, Angelina Muñiz-Huberman), los narradores de las tribulaciones y alegrías en la provincia (Tomás Mojarro, Sergio Galindo y Emilio Carballido) y los neoindigenistas (Rosario Castellanos, Eraclio Zepeda y Francisco Salmerón)– y los individuos, estos últimos cumpliendo la función de “minoría selecta” –a saber, una élite capaz de “regir y determinar la dirección de la cultura dominante y, hasta cierto punto, el pensamiento de los miembros de su generación” (p. 36)–, de “epónimo” –esto es, un “personaje que por distintos motivos se convierte en el centro de su generación; aquel cuyos rasgos le otorgan un espíritu propio o, incluso, el nombre o sobrenombre a la misma” (p. 49)– o de “outsider” –es decir, aquellos que, según Kristen Vanden Berghe, se encuentran “ajenos a cualquier poder de decisión sobre la normatividad artística del momento” (p. 40). Con ese marco, pone en escena las características de dicha generación, una de las más puntuales al respecto, como seguramente acordarían Claudia Albarrán, Magda Díaz y Morales, Armando Pereira y Angélica Tornero, entre muchos otros.
Ligados a los cambios económicos y culturales de los años 1940-1960, los narradores de la Generación de Medio Siglo fabularon mundos urbanos, sin desdeño de los rurales, habitados por heroínas y héroes puestos en situaciones límite, absurdas, abyectas, siniestras, monstruosas, que corroían o de plano tiraban abajo sus valores, antes de su arribo al descubrimiento de sí mismos o a la concreción de sus anhelos. Herrera describe con atino la condición inestable o caótica de los personajes: “su percepción de la ‘realidad’ va modificándose y, con frecuencia, terminan extraviados en las honduras de su ser; es como si la ‘realidad’ se quebrara y los lanzara a un abismo”. Debido a ello, “la única opción de algunos personajes es huir o intentar huir, sabedores de que no pueden oponer resistencia a las nuevas circunstancias de su existencia, las cuales los aproximan a la desesperanza, locura, muerte” (p. 41). En efecto, la realidad trastrocada diluye las fronteras entre “la vigilia y el sueño, lo natural y lo sobrenatural, lo racional y lo irracional” (p. 41) y sumerge a los personajes en universos amenazadores, contradictorios, porosos, anómalos, en los cuales la única seguridad vital es la carencia de seguridades, “convirtiendo su día a día en una experiencia traumática” (p. 93). No resulta extraño, entonces, que “la realidad” se torne “hostil, violenta, indómita” y los aproxime “simultáneamente a la locura y a la lucidez, sin que [ello] sea una contradicción” (p. 93); tampoco que ese trastrocamiento de lo real provoque que “los personajes vayan perdiendo libertad, y que sus sensaciones, emociones, pensamientos y acciones sean influidos por fuerzas ‘interiores’ (como el inconsciente y los instintos) o ‘exteriores’ (como las sobrenaturales y las colectivas)” (p. 96). Las historias, los personajes, los conflictos humanos narrados están, pues, marcados por la inestabilidad, reflejo quizá de la inestabilidad a la cual se adentraba el México de esos años.
La representación polifónica de dicha generación no esquiva la problemática del contexto en el cual realizaban sus actividades creativas, difusoras y valorativas. En esa línea, según Herrera, conformaron una generación plural, con una minoría rectora –concentrada en la Ciudad de México, pero con una gran presencia de creadores venidos de la provincia–, con alta conciencia crítica, lo que les permitió modernizar las estéticas dominantes, incorporarse al cosmopolitismo de mediados de siglo, separarse de los nacionalistas revolucionarios, constituirse en un movimiento nacionalista disidente, “caracterizado por el deseo de conocer y revalorar la propia cultura y la tradición literaria” (p. 62), por anteponer el arte a “los contenidos de carácter social y político” (p. 63) y por universalizar los temas nacionales. En fin, una generación de ruptura con lo obsoleto, marcada por el deseo de darle continuidad a cuanto de valía resguardan las tradiciones.
Una representación polifónica de la Generación de Medio Siglo es un estudio fiel a sus objetivos, que se resumen en estas palabras de Jorge Luis Herrera:
Hice un recuento y un análisis de varios de los rasgos primordiales que identifican a los miembros de dicha generación (sobre todo en relación con el terreno literario), [...] la noción generacional que poseían; el rol social que jugaba la mujer; las concepciones que tenían de lo nacional (lo “mexicano”) y del cosmopolitismo; el afán crítico que los caracterizaba; la visión de la “realidad” y de la ficción vinculada al grotesco; las ideologías políticas a las que eran afines; la religiosidad imperante en su contexto; y la relevancia del cine, los estudios profesionales y de ciertas instituciones educativas y culturales –como el Centro Mexicano de Escritores– y las becas que éstas otorgaban (p. 34).
Es una fidelidad que debemos agradecer a todo investigador, especialmente cuando éste aspira a contribuir a la historia literaria de un país.