Resumen
Cualquier excusa es buena para regresar a un clásico. Y pocos clásicos en la poesía mexicana como Los demonios y los días, un libro en el que se funden horror y esperanza, nuestro infierno vivido y nuestro paraíso soñado. Es, estoy seguro, una de esas obras que en vez de meramente perder o mantener su vigencia van acumulando más, por la pura acción del tiempo. Pues en estos setenta años las ciudades no han parado de expandirse “con violencia / rumbo a todos lados”, y con ellas la distancia entre un humano y otro, entre dos seres que podrían haber compartido, si las circunstancias fueran otras, “voces y lágrimas y canciones”. El número de “almas enfermas” apiñadas bajo el sol de la Ciudad de México ya no asciende a tres sino a veintidós millones. Cualquier rostro es el rostro de un desconocido. Y hay que temer —siempre— a los extraños.

